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sábado, 12 de marzo de 2016
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ARTES,
CRÓNICAS ALTEÑAS,
FOLKLORE,
LITERATURA,
MÚSICA,
NOTICIAS,
POESÍA,
RELATO
EL ANCHANCHU EN EL TELEFÉRICO
Eran las 10 de la noche de un día domingo, cuando me apresté a tomar la línea
amarilla del teleférico en la estación Libertador o Chuqi Apu, para transportarme hasta la
estación Mirador de Ciudad Satélite o Qhana Pata, ubicada en la región de las antenas de televisión en
El Alto.
En el andén
de la línea amarilla del teleférico, construido sobre la base de una
arquitectura moderna, estaba un hombre de estatura menuda, con apariencia de
anciano indefenso y vientre abombado; llevaba en la cabeza
un sombrero plateado
de copa baja y ala ancha; vestía con un traje de telas recamadas de oro y
cocidos con hilos de plata.
“Teniendo
tanto dinero, por qué no toma un taxi o se compra un auto”, me dije, mientras
él me miraba con una sonrisa encantadora, como si quisiera conquistarme
atravesándome con una de sus flechas de cupido.
Yo
me limité a bajar la mirada y, como quien siente miedo por lo extraño y desconocido,
me sacudieron unos escalofríos como corrientes de agua helada zarandeándome todito
el cuerpo.
Cuando
aparecieron las cabinas del teleférico, un sistema de transporte aéreo por cable que recorría
en poco tiempo entre la zona sur de La Paz y la ciudad de El Alto, me metí de prisa
en una de las cabinas vacías, en procura de alejarme de ese ser tan extraño
que, desde que me vio, parecía seguirme los pasos sin perderme de vista, como un
cazador persigue a su presa acechándole hasta hacerla caer en la trampa.
Me senté en un
asiento que parecía un témpano de hielo. “Por fin estoy solo”, pensé, mirando
los nueve asientos restantes en los que los pasajeros podían viajar cómodamente
de una estación a otra. Pero luego advertí que estaba equivocado, porque antes
de que se cerrara la cabina, se apareció de súbito el extraño hombre, quien se acomodó
en el asiento que estaba junto a la puerta de acceso.
El hombre, de
piel rechoncha y cuerpo deformado, se quitó el sombrero dejando al descubierto
su cabeza enorme y calva. Como es natural, cada vez que él tendía su mirada
sobre la ciudad inundada de luces, yo aprovechaba para mirarle de pies a
cabeza. Así fue como me fijé en que tenía brazos cortos, manos velludas de mono
y dedos con garras, pero lo que más me llamó la atención fue que, por el botapie derecho de su pantalón, se le
salía una larga cola terminada en una escamosa mano, con la que podía tranquilamente
atrapar y estrangular a cualquiera.
La cabina,
suspendida a 3.600 metros sobre el nivel del mar, partió de la estación y
avanzó por encima de las casas, cerca de las nubes y en medio de un gran cañón
rodeado de impresionantes montañas, donde las calles angostas y empinadas
parecían trepar por las laderas desafiando las leyes de la gravedad.
Mientras la
cabina ganaba la distancia para llegar a la última estación, el hombre no dejaba de sonreírme con su
boca enorme y alargada como el hocico de un cerdo, dejando entrever sus dientes
blanquecinos y sus colmillos de vampiro. Yo no sabía cómo responder a sus sonrisas
ni a su rostro socarrón, que empezaron a causarme un temor en el silencio de la
cabina; peor aún, cuando noté que sus ojos, con cejas de pelos largos,
cambiaban de colores de rato en rato, según los reflejos de las luces que
llegaban desde afuera.
Durante el
trayecto no subieron más pasajeros, de modo que viajamos solos, sentados frente
a frente, sin dirigirnos la palabra, pero mirándonos de reojo, como dos
personas que comparten un mismo sitio sin saber qué decirse. A ratos, no sabía cómo disimular mi miedo ni
cómo esquivar sus miradas que parecían atravesarme como lanzas con puntas de
fuego. Yo me limitaba a girar la cabeza de un lado a otro, como los turistas
interesados por contemplar las diferentes facetas de “Ciudad Maravillosa” desde el teleférico urbano más
alto del mundo, arrastrando sus miradas desde las cumbres nevadas del
majestuoso Illimani hasta la impactante topografía de la zona sur de la Hoyada.
Antes de llegar a la
última estación de la línea amarilla, el extraño hombre se puso de cuatro en
medio de la cabina, me miró con una sonrisa encantadora y lanzó una carcajada similar
al rebuzno de un asno. Yo me asusté tanto que me levanté del asiento como
disparado por un resorte. Entonces él, al notar mi reacción y al verme con el
rostro contraído por el pánico, arañó con sus garras los cristales de la cabina
y se puso a llorar emitiendo maullidos de gato, probablemente, porque de ese
modo quería tranquilizarme o, simplemente, porque quería demostrarme que no
tenía intenciones de causarme daño alguno.
Yo
volví a sentarme, pero con un miedo que aceleró mi corazón y me puso la piel de
gallina. Cuando la cabina arribó al andén del teleférico, él se puso de pie con
la velocidad de un rayo y yo me dispuse a salir lo antes
posible, con la única idea de alejarme de su presencia, que me causaba una
sensación de terror y desconfianza.
Apenas se abrió la puerta, me puso su fría mano
sobre el hombro derecho y, presionándome la clavícula con sus afiladas garras,
me detuvo sonriente, guiñándome con su ojo tornasolado.
–No
temas –me
dijo con una voz cantarina–. Sólo quería divertirme un poco.
–¡Ajá!
–atiné a decir, al mismo tiempo que lo miraba de sesgo por encima del hombro.
Cuando dejé la cabina y encaminé mis pasos por el
andén hacia la salida del teleférico, él me siguió de cerca, hablándome con un tono
zalamero, y hasta parecía dispensarme un trato cortés con su apariencia de
anciano indefenso; al menos, eso es lo que percibí en los gestos de su rostro y
los movimientos de su cuerpo, que se tambaleaba de un lado a otro, como si
cojeara de ambas piernas.
–¿Dónde
vives? –me preguntó con una sonrisa que parecía petrificada en sus
abultados labios.
–Muy
cerquita de aquí –contesté.
Ya
afuera, bajo una luna espantada por el ladrido de los perros, él se despidió haciendo
señas con la mano y se fue por la Avenida Panorámica, hundiéndose en la noche y
dejando
huellas de cascos parecidos al de las cabras sobre el pavimento de la calle.
Yo me
endilgué rumbo a la Avenida Cívica, no muy lejos del Mercado Satélite ni muy
cerca del Hospital Holandés. Apenas entré en mi casa, le relaté a mi madre
sobre mi encuentro con el extraño hombre, con quien compartí una cabina del
teleférico. Ella me miró espantada, se persignó tres veces, escupió al piso
pronunciando mi nombre y, soplándome con su aliento, dijo:
–Ese extraño
hombre es el Anchanchu, m´hijito.
–¡¿El Anchanchu?!
–exclamé–. ¿Y quién es el Anchanchu?
–Es un ser sobrenatural, una siniestra
deidad en la cosmovisión andina, un enano maléfico que atrapa a los incautos
con sus zalamerías, falsas promesas y sonrisas a flor de labios. Es más veloz
que un zorro y más peligroso que un reptil venenoso. Lo que le falta en
estatura le sobra en malicia...
Yo la escuché atentó y, de pronto,
se me metió otra vez el miedo haciéndome erizar los vellos.
–Entonces es un ser dañino y malvado,
¿verdad?
–Así es, m`hijito
–repuso–. El Anchanchu, cuando transita por los caminos, produce fenómenos atmosféricos
y telúricos, como huracanes, remolinos de viento y tormentas que causan
estragos y arrasan pueblos enteros. Es un ser demoniaco que causa enfermedades y
epidemias a las personas que lo rehúyen con imágenes religiosas, y hasta les
provoca la muerte a quienes rechazan sus caprichos; lleva la desolación a los hogares,
destruye casas y sembradíos. Cuando elige a sus víctimas, primero les cautiva
con su sonrisa y con su actitud melosa, después les roba su espíritu o ajayu y,
al final, les arranca el corazón para satisfacer su hambre y les chupa la
sangre para saciar su sed. Nadie que se le cruce en su camino está a salvo de
sus malas intenciones. Incluso es
capaz de engañar con su astucia y sagacidad a las personas más avisadas y
precavidas.
Me quedé aterrado y, con la voz casi
temblorosa, le pregunté:
–¿Y dónde vive el Anchanchu?
Mi madre, dándose cuenta de mi
curiosidad y de mi lamentable estado de ánimo, contestó:
–Vive en las
grutas de los cerros, en las quebradas de los ríos, en las casas abandonadas y
cerca de los sitios arqueológicos como el Tiahuanaco. Aunque está acostumbrado a vivir en lugares sombríos y
solitarios, algunos dicen haberlo visto andar por las calles de El Alto,
mientras otros cuentan que,
a altas horas de la noche, lo vieron viajar en las cabinas del
teleférico, micros y colectivos, sobre todo, en los que circulan en horarios
nocturnos y en las zonas alejadas de la ciudad.
Esa misma noche, después de que me
despedí de mi madre y me metí a dormir en mi cuarto, escuché girar la manilla
de la puerta, por donde entró el Anchanchu, con el cuerpo contrahecho y la
sonrisa encantadora. Lo distinguí entre las penumbras gracias al reflejo de la
luz de la luna, que se filtraba al cuarto por la ventana de cortinas corridas.
Lo vi avanzar hacia mí, que estaba
con el cuerpo inmovilizado por alguna fuerza sobrenatural, que me tenía sujeto a
la cama de pies y manos. El Anchanchu se sentó cerca de la almohada, de modo
que podía verlo de cerca y hasta podía percibir el amargo olor de su aliento.
El Anchanchu me respiró cerca de la
cara y se apoderó de mi alma, que abandonó mi cuerpo como en el trance de una terrible pesadilla. No
obstante, todo lo que estaba sucediendo correspondía a la realidad y nada más
que a la realidad, porque no estaba dormido ni estaba soñando. Quise moverme y pedir
auxilio, pero permanecí quieto como un tronco caído. Él levantó las frazadas
con un soplo y me miró sonriéndome como lo hizo en la cabina del teleférico. Me
abrió el pecho con sus garras y me arrancó el corazón todavía palpitante y,
degustando su olor y sabor, se lo tragó a grandes bocados. Después acercó su
boca en forma de hocico hacia mi rostro y, enseñándome sus colmillos de
vampiro, me chupó la sangre de los labios, introduciéndome su lengua de oso
hormiguero en la concavidad de mi boca.
El Anchanchu, aparte de robarme el
alma, me robó también la vida. Se limpió la sangre de los labios, cerró la boca
como si ahogara un grito, se levantó y se retiró de la cama, abrió la puerta
jalándola por la manilla, salió del dormitorio como un jorobado y se alejó por
el pasillo con el silencio de un gato, hasta que desapareció detrás de la
puerta que conducía a la avenida.
Al amanecer, lo único que mi madre
vio, para su gran asombro, fue las huellas de unos pies descalzos que, más que
parecerse a los de un ser humano, se parecían a las pezuñas hendidas de una
cabra u otro animal ajeno a este mundo. Cuando
entró en mi cuarto, lo único que encontró en la cama fue manchones de sangre en
las sábanas y mi cadáver que yacía con el pecho abierto. Mi madre se estremeció
de terror, estalló en sollozos y, volteándose para salir del cuarto y pedir
auxilio, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
-¡¡¡El An-chan-chu!!!... ¡¡¡El
Anchanchu mató a mi hijo!!!...
lunes, 13 de abril de 2015
LA CHINA SUPAY EN EL ALTO
Por: Víctor Montoya
En uno de mis viajes a la
Villa Imperial de Potosí, el artista Edwin Callapino me entregó la estatuilla de
la China Supay, la amante celosa y seductora del Tío de la mina. Me la traje en
el autobús hasta la ciudad de El Alto, empaquetada en un cartón cuyo rótulo advertía:
“Contenido frágil”.
No la miré sino hasta que
llegué a casa. Me aguanté la curiosidad con irresistible paciencia, como quien
espera y desespera por descubrir la sorpresa escondida en un embalaje parecido
a un regalo de Navidad. Además, quería darle una grata sorpresa al Tío, quien estaba
esperándola ansioso desde hace tiempo,
con unas ganas locas de estrecharla contra su fornido cuerpo y, acuñándola con
su reverendo miembro, amarla con fuerza salvaje y ardiente pasión.
Ni bien la saqué del cartón, el Tío se quedó
fascinado ante la belleza de la China Supay, cuyos descubiertos senos le
hicieron galopar el corazón. Y, como todo libertino aficionado a los excesos de
la carne, no tardó en examinarle el trasero con la cara encendida por la
lujuria, calculando el grosor de sus muslos y el diámetro de su cintura. Al
final, como la China Supay estaba despojada de su bombacha, el Tío le clavó la
mirada en la concavidad húmeda de su cuerpo.
La China Supay, aunque es
fría en apariencia, pero caliente a la hora de ofrecer su cuerpo al hombre que
le dedique su vida y amor, no se molestó por las miradas libidinosas ni los
gestos imprudentes de su amado amante. Estaba acostumbrada a exhibir sus
encantos en los Carnavales, donde forma parte de los danzarines de la diablada,
que representan la lucha entre el Bien y el Mal, entre Dios y Satanás.
En los Carnavales, ella
luce una máscara de mujer coqueta, una tentadora sonrisa y dos pequeños cuernos
en la frente; sus ojos grandes y celestes tienen una expresión pícara, sus
pestañas son largas y revueltas, sus labios de granate, carnosos, seductores y
entreabiertos, dejan entrever una dentadura tan perfecta como el arco de cupido.
Así, flanqueada por Lucifer y Satanás, avanza dando brincos en zigzag, como si
dibujara una serpiente reptando hacia el mismísimo infierno. En la danza es vigilada
por el Arcángel San Miguel y acompañada por osos, cóndores y diablos que
encarnan los siete pecados capitales.
La China Supay no baila sólo por devoción a la
Virgen del Socavón, sino para conquistar el amor del Arcángel San Miguel,
quien, a pesar de ser su rival y el rival del Tío, es su amor platónico, el
amor de sus amores, pero un amor imposible al fin y al cabo, porque si ella,
lejos de hechizar a los hombres con el movimiento provocativo de sus nalgas y
senos, encarna los atributos de un ser infernal, el Arcángel San Miguel es
dueño de una apariencia atractiva, corazón incorruptible y espíritu tranquilo, atributos
preferidos por Dios.
Sin embargo, la China Supay, con su blonda
cabellera flotando al aire, no deja de enseñarle las tetas ni las
piernas en el recorrido por las calles de la ciudad, como si quisiera hacerle
caer en la tentación, pero el Arcángel San Miguel, consciente de que es el
guerrero de Dios y guardián de los reinos celestiales, la esquiva una y otra
vez, como un santo enfundado en traje
inmaculado; máscara de ángel celestial, casco invulnerable, coraza azul, blusa
de seda blanca, falda corta, botines de media caña, escudo plateado y espada en
ristre.
Todos saben que la China Supay, como no encuentra ninguna
razón para que una mujer se consagre a la virtud de la castidad, atenta
contra las buenas costumbres sexuales y pone en jaque a los hombres que la
acosan en los Carnavales, intentando manosearla donde no deben y probar el elixir que ella
guarda celosamente para el Tío de la mina, el único macho capaz de hacerla
navegar en las estrellas y el único ser incapaz de renunciar a los
placeres de la carne.
El Tío entiende y tolera las irreverencias de la China Supay, incluidos sus
atrevimientos más extravagantes que concitan la crítica de los devotos de la
Virgencita del Socavón; es más, él mismo me contó que en cierta ocasión, cuando
demostraba una danza llena de piruetas y saltos, como si no quisiera quemarse
los pies en las brasas del infierno, tuvo la osadía de dejar escapar de su mano
una blanca paloma y de su blanca blusa una blanca teta, aureolada por un pezón
rosado, tan propio en las mujeres que superan el rubio platinado.
La
China Supay no soporta la hipocresía ni
la doble moral. Es la que mejor simboliza el secreto que cada mujer guarda en
el fondo de su alma, en el oscuro pozo del subconsciente. Si la mujer calla, la
China Supay habla como bruja deslenguada; si la mujer llora, la China Supay ríe
a mandíbula batiente; si la mujer sufre, la China Supay se regocija con el
dolor de los hombres; si la mujer goza de la vida y el amor, la China Supay
goza junto con ella, por ser el fiel reflejo del yo profundo de una mujer que
se mira en el espejo.
La
China Supay, que simboliza la
lujuria y el pecado, tiene el cuerpo esculpido de
carne ideal en el que todo es bueno y bello, tan bello que perturba la razón y
levanta el animal en reposo de cualquiera que la mire por adelante o por atrás.
No hay hombre sobre la faz de la tierra que no se enamore del fulgor de su
belleza; digo fulgor, porque todo su cuerpo es luminoso como una lámpara; más todavía,
puedo aseverar que su enigmática
belleza, hecha de miel y de fuego, puede abrirle incluso las puertas del
Paraíso.
La China Supay será
también ama y señora en mi casa, pero como quiero que baile en esa suerte de ballet infernal, que
es la danza de la diablada, ejecutada por los seres llegados de los avernos y
por el Tío de la mina, quien se muestra en los Carnavales con su traje de
Lucifer, le pediré al mejor mascarero y artesano de Oruro confeccionar un traje
de lujo para la China Supay, que ahora mismo está semidesnuda, con sus
intimidades expuestas a la vista de todos.
Me
imagino que su traje estará compuesto por diadema de oro y gemas preciosas, blusa escotada, corpiño brocado, minipollera decorada con
dragones bordados con hilo Milán, medias nylon, bombacha con encajes, cetro de
mando y pañoleta al cuello; sus botas de taco alto, caladas en la parte trasera
y hasta la pantorrilla, llevarán aplicaciones de realce, como un chorizo que
simboliza el órgano genital masculino, para que todos sepan que la sexualidad
de la China Supay es voraz como las llamas del infierno. Y, como es natural,
para engalanar su aspecto de diablesa, llevará alhajas con engastes de pedrería
en las orejas, el cuello y los dedos.
Mientras esto ocurra, y con todo el respeto que se merece el Tío, ch’allaré
por la feliz estadía de los dos, augurándoles eterno amor y eterna vida, aunque
sé que ellos, que son mis huéspedes de honor, llegaron a mi casa para revelarme
los secretos escondidos en el baúl de sus recuerdos que, más recuerdos, son el
crisol donde se fundieron los cuentos, mitos y leyendas de la tradición oral de
los mineros.
martes, 4 de noviembre de 2014
EL SACRIFICIO
Por: Víctor Montoya
Se cuenta
que a la altura de la Curva del Diablo, en la autopista que une las ciudades de
La Paz y El Alto, justo a las doce en punto de la noche, se aparece a un
costado de la carretera una joven fantasma, quien, con el brazo levantado al
nivel de la cabeza, hace autostop a los choferes que conducen en estado de
ebriedad y a gran velocidad.
Los alteños,
conocedores de esta tenebrosa aparición, dicen que se trata del espíritu de Sagrada
Santos Mamami, una
muchacha de regular estatura, ojos claros, contextura delgada y cabellera lacea,
quien una mañana salió de su casa rumbo a la Universidad Pública de El Alto (UPEA), donde cursaba
el segundo año de la carrera de odontología. Sus compañeros de curso no la
vieron en clases durante el día, por cuanto supusieron que tuvo algún tipo de percance.
Los padres de Sagrada Santos Mamani, al comprobar
que no retornó a casa y acosados por un extraño presentimiento de que algo
grave le pasó, alertaron a las autoridades pertinentes sobre su misteriosa
desaparición, imaginándose lo peor y explicándoles que, siempre que ella tenía
algún contratiempo, solía reportarse de inmediato por medio del celular.
Tres días después, los efectivos de la Fuerza de
Lucha Contra el Crimen encontraron el cuerpo desnudo y decapitado de la
desaparecida en las inmediaciones de la Curva del Diablo. El cadáver, que yacía
cubierto por unas ramas entre los matorrales del bosquecillo, tenía las
extremidades devoradas por los perros callejeros.
En el mismo lugar, muy cerca del altar del Diablo,
la policía halló una bolsa negra de plástico, en cuyo interior había un papel
con un texto de música rock y un corazón de res, que tenía incrustados más de
una treintena de alfileres con puntas de distintos colores.
La policía se mantuvo hermética sobre los detalles
del hecho, pero, pese a ello, salió a
luz pública la información de que la joven, de carácter alegre y trato amable,
fue secuestrada, a medio camino entre su casa y la universidad, por una
pandilla de adolescentes, que la condujeron en un auto hasta la Curva del
Diablo, con los ojos vendados, amordazada y maniatada.
Cuando arribaron al lugar, aparcaron el auto en un
recodo de la carretera y aguardaron la medianoche. Después procedieron con su
siniestro plan. Se apearon del auto y caminaron por un sendero hacia el altar
del Diablo, que está como empotrado al pie de una montaña empinada y con poca
vegetación, por donde cruza un riachuelo de aguas turbias precipitándose desde
una quebrada.
Allí, en medio de un ambiente dantesco y bajo la
escasa luz de la luna, los adolescentes satanistas tumbaron a Sagrada Santos
Mamani contra el suelo, le despojaron de sus prendas, pero sin quitarle la
venda de los ojos ni la mordaza. Luego extrajeron de una mochila el
instrumental para celebrar el ritual de sacrificio de sangre en honor al
Diablo, convencidos de que el rito satánico les proporcionaría dinero para
formar una banda de rock pesado.
Encendieron velas negras alrededor del cuerpo
desnudo de su víctima, rociaron el suelo con aguardiente y pronunciaron
oraciones renunciando a Dios, para luego entregarse a merced de Satanás, cuyo
nombre invocaban para sentir su presencia y suplicarle, a cambio del
sacrificio, el dinero que necesitaban para comprar los instrumentos musicales.
Al cabo de un tiempo, bajo los efectos del alcohol y
las drogas, desfilaron uno a uno por el cuerpo de Sagrada Santos Mamani, quien
se resistía y retorcía sin poder gritar ni verles la cara, mientras ellos
hacían gala de su desenfrenada fechoría, como si fuesen miembros de una manada
de fieras salvajes.
Uno de ellos, puñal en mano, dio inicio al ritual de
sacrificio, provocándole un corte entre los senos. La herida fue tan profunda,
que la sangre brotó a borbotones. Otro adolescente sacó un pequeño cuaderno del
bolsillo de su chamarra, untó su dedo con la sangre de Sagrada Santos Mamani y
dibujó sobre la hoja cuadriculada un círculo que encerró a la estrella de David
invertida.
El rito de sacrificio prosiguió entre invocaciones a
Satanás y blasfemias contra el cristianismo, hasta que Sagrada Santos Mamani
falleció desangrada a causa de varias puñaladas en el corazón. Los malhechores,
a poco de salir del éxtasis provocado por el ritual satánico, decidieron
decapitarla y abandonarla en el lugar, antes de marcharse por el mismo sendero por
donde llegaron hacia el altar del Diablo.
Cuando la policía halló el cuerpo desnudo de Sagrada
Santos Mamani, constató que tenía una serie de laceraciones y tatuajes de
símbolos relacionados con las sectas que adoran a Satanás, como una estrella de
David invertida y una imagen con cuernos en representación del Diablo, que le grabaron
en el abdomen con la punta de un escalpelo. Su cabeza, que estaba tirada a un
costado, con los cabellos apelmazados por la sangre, tenía todavía la venda en
los ojos y la mordaza entre los labios.
No cabía la menor duda de que los autores del crimen
pertenecían a una secta satánica y que, por las características del sacrificio
y el texto de música rock encontrado en la bolsa de plástico, estaba conformada
por una pandilla de adolescentes dedicados a practicar cultos maléficos para dar
rienda suelta a sus aspiraciones casi nunca satisfechas.
La policía, en una de sus declaraciones a la prensa,
manifestó que estos adolescentes, que compartían el gusto por la música de "Heavy Metal", la forma de vestir, hablar, gesticular, peinarse y hasta de
comportarse, tenían en mente la sacrílega idea de que la veneración por el
príncipe de las tinieblas les ayudaría a conseguir el dinero para adquirir los
instrumentos electrónicos que necesitaban para armar una banda de música rock.
Al final, se supo también que detuvieron a uno solo
de los presuntos autores, por lo que dejaron en suspenso la duda de que los
demás seguían prófugos de la justicia. Sin embargo, desde el día en que se hizo
el levantamiento del cadáver de Sagrada Santos Mamani, su espíritu se aparece
en la Curva del Diablo, a un costado de la carretera, donde hace autostop a los
choferes en estado de ebriedad, siempre a las doce en punto de la noche.
viernes, 23 de mayo de 2014
RÉQUIEM PARA LOS CAÍDOS EN LA MASACRE
MINERA DE MILLUNI
Por: Víctor Montoya
Hace tiempo que tenía
pensado conocer este centro minero que, como tantos otros desparramados en
nuestra extensa cordillera, me llamó la atención desde el día en que leí un
testimonio que daba cuenta de una masacre perpetrada por el régimen dictatorial
del general René Barrientos Ortuño.
La cuenca de Milluni se encuentra aproximadamente a
una hora de viaje desde la ciudad de El Alto, siguiendo por la ruta pedregosa y
polvorienta que conduce en dirección a Chacaltaya. En el trayecto es posible divisar, a través del
parabrisas y las ventanillas laterales del vehículo, el imponente paisaje de la
cordillera, con sus montañas de picos nevados, donde se alza como el rey de
reyes el majestuoso Huayna Potosí, situado en la provincia Pedro
Domingo Murillo del Departamento de la Paz.
La imponente belleza de la montaña
El Huayna Potosí (Joven Potosí, en aymara), con sus más
de 6 mil metros de altura, se yergue como una roca cubierta de hielo y nieve,
rasgando la cúpula celestial que se impone con su propia majestuosidad. Apenas se lo contempla a la distancia, entran ganas de
coronar su cima en medio de un torbellino de amor a la aventura
y la naturaleza. Parece un lugar hecho para el deleite de los turistas
dispuestos a ascender la montaña por los agrietados glaciares, con botines
llenos de crampones en la planta, pantalones abiertos en mil cremalleras,
cazadoras abarrotadas de bolsillos y una mochila a manera de equipaje.
Al borde de la carretera, entre
Milluni y la población de Zongo, se encuentra el campamento
base del Huayna Potosí, que a diario es visitado por gente que desea disfrutar
del panorama de los glaciares y sus alrededores, a pesar de que el efecto
invernadero y los cambios climáticos aceleraron el deshielo en los últimos años.
El Huayna Potosí, por su
altura y belleza, es la preferida por los montañistas, quienes son dueños de un
estilo de vida suicida, que les permite contemplar el mundo desde las alturas,
luego de realizar ascensiones riesgosas en afán de materializar sus sueños; es
más, una vez que alcanzan la cima de la montaña, que parece recortada contra el
azulino aguayo del cielo, me imagino que se lanzan al vacío deslizándose por la
nieve sobre esquís sujetos a la suela de los botines y haciendo
escalofriantes proezas, gracias a la gravedad y la sensación de estar jugando
con la muerte.
El encanto de las lagunas
Si el andinismo se expresa
con todo su poder de sugerencia en el Huayna Potosí, no son menos espectaculares
los glaciares que, desde siempre, se descuelgan por la falda de las montañas,
hasta confluir en las lagunas que yacen a sus pies, conformando un paisaje que,
a pesar de su escasa vegetación de altura, como la paja brava y los musgos, y la
presencia de algunas aves como las palomas y los halcones, llama la atención de
los visitantes que se enfrentan al macizo de la Cordillera
Real.
El terreno agreste de Milluni
tiene rasgos peculiares, que lo diferencian de otras regiones andinas, no sólo por
estar situado cerca del nevado, donde se sienten las rachas de aire frío, sino
también por el ruido cantarín de las corrientes de agua cristalina que confluyen
en lagunas de colores, rodeadas de rocas de la edad terciaria y montañas acariciadas
por los rayos del sol que, en los días de cielo despejado, ilumina
los nevados con un fulgor que deslumbra el alma y la mirada.
Se dice que las aguas de las lagunas son variables;
es decir, los riachuelos que las alimentan varían según la estación del año y
las condiciones climáticas. De ahí que no resulta casual que el nombre de
Milluni provenga del vocablo aymara “millu”, cuya connotación permite definir
el color marrón claro, rojizo, rubio, castaño y oscuro, que son las tonalidades
características de cada una de las lagunas que, además de su singular encanto,
encierran la magia y los misterios de una cultura milenaria.
Los
campamentos mineros
Es estas áridas tierras del altiplano, donde todavía
se perciben las ruinas de los campamentos, las chatarras del ingenio y las
paredes de una casa que sirvió como posta médica, se desarrolló una intensa
actividad minera y se ejecutó una de las masacres más horrendas registradas en
la historia del movimiento obrero boliviano a mediados del siglo XX.
En la cuenca de Milluni, que hoy es un centro minero fantasma desde el
Decreto 21060 y la relocalización, los
trabajadores aprendieron a soportar las inclemencias del tiempo; el
congelamiento del agua y las avalanchas de nieve sopladas por el viento. Las
condiciones de vida no eran las más favorables, pero ellos aprendieron a
ponerle buena cara al mal tiempo.
La mina empezó a funcionar como empresa privada en
1920, con escasos recursos y pocas familias, entre ellas algunas de origen
inglés que, tras haber invertido su capital en la minería, explotaron y
exportaron el estaño bajo la administración de la “Fabulosa Mines
Consolidated”, que entre sus socios accionistas tenía nada menos que al
príncipe Felipe de Gran Bretaña.
Desde entonces, y gracias al auge de la minería, la
población se multiplicó y se multiplicaron también las ambiciones de amasar
fortunas. Se levantaron oficinas de administración cerca de la bocamina,
campamentos sobre la carretera a Zongo y se fundó el Sindicato de Trabajadores
Mineros de Milluni, el mismo año en que se aprobó la histórica “Tesis de
Pulacayo” (1946), ese documento revolucionario que definió los principios
ideológicos de la clase trabajadora y la estrategia que debían seguir para
conquistar sus reivindicaciones laborales, sociales y económicas.
Se abrió también la mina “Campana”, ubicada en el
camino hacia el nevado Huayna Potosí, y se logró equipar un ingenio de concentración
de minerales, al mismo tiempo que se construyó, para cumplir con algunas de las
necesidades básicas de las familias mineras, una escuela, una cancha de fútbol,
un frontón de pelota de mano, una pulpería, un templo y un cementerio, donde eran
enterrados los trabajadores que fallecían con los pulmones destrozados por la
silicosis.
Los mineros de Milluni, conscientes de que formaban
parte del proletariado nacional, participaron en la revolución de 1952 y se
afiliaron a la Central Obrera Boliviana (COB), con el firme propósito de defender
sus derechos sindicales y conquistar sus reivindicaciones socioeconómicas.
Estaban convencidos de que la fuerza radicaba en la unidad y que la liberación de los trabajadores sería
obra de ellos mismos.
La masacre minera de 1965
Todo transcurría con normalidad en los campamentos de
Milluni, hasta que
el ejército, por órdenes expresas de Alto Mando Militar Boliviano y con el
beneplácito del régimen dictatorial de René Barrientos Ortuño, hizo su ingreso por
tierra y aire la mañana del 24 de mayo de 1965.
Las tropas, llegadas en caimanes desde la ciudad de La
Paz, tenían órdenes de ocupar los campamentos, con la finalidad de poner en
jaque a los supuestos actos subversivos del sindicato. Los pobladores, al
percatarse de la presencia de los uniformados en las cercanías, no tardaron en
hacer correr la voz de alarma. Entonces los mineros, movilizándose como un solo
hombre, se armaron con dinamitas, fusiles Máuser y explosivos (preparados con
pólvora, arena y vidrios), y se aliaron con los ciudadanos de la comunidad de
Zongo, para organizar una resistencia armada contra la intervención militar.
Como en todo conflicto beligerante, en el que se
enfrentaban de manera desigual los mineros y los organismos de represión del
gobierno, se hizo circular el rumor de que la Fuerza Aérea Boliviana tenía
órdenes de bombardear los campamentos. El objetivo principal del ataque con
avionetas y tanquetas, aparte de sembrar el pánico y el terror entre las
familias mineras, era acallar la Radio Huayna Potosí, apresar a los dirigentes sindicales
y frenar la huelga de hambre que había declarado la Central Obrera Boliviana
(COB).
Los mineros, para evitar el bombardeo contra la
emisora, que por entonces transmitía los acontecimientos en cadena nacional, detuvieron
a cuatro soldados y los ataron en las antenas de la radio. Asimismo, mientras
unos cumplían con la misión de custodiar la radio y los campamentos, otros se
daban a la tarea de derribar al menos a una avioneta que sobrevolaba como un moscardón
de metal entre montaña y montaña.
La lucha fue enconada en los sectores de Trapiche y
Viudani, lugares donde los trabajadores hicieron sus trincheras y levantaron
barricadas para enfrentarse a las tropas del ejército que, levantando nubes de
polvo a lo largo del camino, llegaban en caimanes, prestos a posesionarse del
centro minero y declararlo bajo jurisdicción militar.
Los trabajadores, sin contar con armamento apropiado,
cedieron en sus posiciones, sin poder resistir el ataque de las avionetas
Mustang, que empezaron a disparar ráfagas de ametralladoras. La derrota de los
mineros era inminente. La furia de los interventores se intensificó al ver a
cuatro de los suyos atados en las antenas de la radio. Las avionetas descargaron
su arsenal contra los mineros y los soldados, en cumplimiento de las órdenes emanadas
por sus superiores, no dudaron en disparar contra los mineros atrincherados en
la oposición.
Una vez doblegada la resistencia, se desató la
masacre. Las bajas de los mineros fueron muchas y la sangre saltó por todos
lados, como por todos lados estaban los cuerpos de los muertos; en los ríos,
las montañas, la cuenca e incluso enterrados en sus propias trincheras por el impacto
de los explosivos. No
en vano algunos de los sobrevivientes cuentan que las rocas, las lagunas y los
nevados del Huayna Potosí fueron testigos mudos de esa horrenda tragedia en la
que los mineros ofrendaron sus vidas a la causa de la justicia
social, mientras resistían con valor y coraje a los embates de la dictadura militar
de René Barrientos Ortuño.
El desolado cementerio de los mineros
Los cuerpos de las víctimas de la masacre fueron sepultados en el cementerio general de Milluni, donde también
descansan los restos de sus viudas, hijos y compañeros que, aun a pesar de
haber sobrevivido a la matanza, murieron vencidos por la vejez, las enfermedades
y el mal de todos los mineros: la silicosis.
Todos los que visitan el nevado Huayna Potosí pueden
ver, cerca de la tranca de Milluni y frente a una renovada cancha de fútbol, el
cementerio solitario y abandonado sobre una loma. El camposanto, que es lo
primero que salta a la vista cuando uno llega a la cuenca minera, no tiene
entrada ni salida, pero sí un principio y un final.
En medio de las tumbas llama la atención un letrero en
homenaje a los asesinados, con una leyenda que reza: “Gloria a los caídos en la
masacre del 24 de mayo de 1965”. Se nota que en este espacio, dedicado a los
muertos, trascurrió el tiempo de manera inexorable, porque en las derruidas tumbas,
más que vasijas con flores y placas conmemorativas, abundan los deshechos, la
vegetación silvestre y la tierra acumulada por las ráfagas del viento.
Este apacible y sagrado lugar, conocido como “el
cementerio de los mineros”, se caracteriza por tener las tumbas construidas al
estilo de pequeñas viviendas, como si se tratase de un pequeño pueblo, cuyo telón
de fondo está constituido por una cadena de montañas y la cumbre nevada del
Huayna Potosí que, con la cabeza cubierta por un blanquecino manto, parece un
centinela encargado de velar el cementerio las veinticuatro horas del día.
Preservar la memoria histórica
En la actualidad, y tras el decreto de
relocalización firmado por el expresidente Víctor Paz Estenssoro en 1985, la
actividad minera acabó en manos de una pequeña cooperativa integrada por algunos comunarios que, al constatar que
las galerías iban quedando abandonadas y los campamentos desmantelados,
decidieron reactivar la producción minera, no sólo porque Milluni tiene aún recursos
naturales escondidos en el vientre de las montañas, sino también porque posee
el mérito de
haber sido testigo de la masacre de 1965 y del esplendor minero del siglo pasado.
Ya
se sabe que el antiguo complejo minero, que fue
reducido a escombros desde fines del siglo XX, dejó una serie de consecuencias
que afectaron tanto a los trabajadores como al medio ambiente, pues mírese por donde
se mire, la cuenca de Milluni, como el resto de las regiones en las cuales se
explotaron recursos naturales, presenta graves secuelas en el ecosistema
terrestre y acuático, como es el caso de las lagunas y la represa, donde las piedras están cubiertas por
desechos químicos de wólfram y níquel, que en otrora se extrajeron de los
socavones. Lo increíble es que, a pesar del deterioro medioambiental en la
región, se ven manadas de llamas y ovejas pastando en las orillas cubiertas por
una flora escasa y contaminada por los químicos que se usaron en el ingenio de
concentración de minerales.
Ahora bien, sin
sucumbir en el pesimismo ni la desidia, cabe señalar que la cuenca de Milluni, debido
a todo lo que representa en la constelación de la minería nacional, reúne todas
las condiciones para ser considerada como un lugar de peregrinación turística; por
ser una de las joyas patrimoniales con las que cuenta el municipio de El Alto,
por encontrarse a los pies del impresionante Huayna Potosí y por la singular belleza
del cementerio minero que, a espaldas del olvido de propios y extraños, ostenta
singulares tumbas en medio de un paisaje que parece haber sido pintado por un
artista de la paleta y el pincel.
Por último -y esto a manera de sugerencia-, valga
recodarles a las autoridades edilicias que si se quiere rescatar y preservar la
memoria histórica de este valeroso centro minero, será conveniente ejecutar un
proyecto para construir un museo o repositorio en la urbe alteña, donde puedan
exhibirse las fotografías y los documentos concernientes a la empresa minera de
Milluni. Tampoco estaría por demás que, a través de una Ordenanza Municipal, se
institucionalice el 24 de mayo de 1965 como fecha histórica, en justo homenaje
a la memoria de los caídos en la masacre, que quedó escrita con sangre en los
anales de la historia del movimiento obrero boliviano.
miércoles, 26 de marzo de 2014
EL SEGUNDO ALTAR EN LA CURVA DEL DIABLO
Por: Víctor Montoya
De un tiempo a esta parte, atraído como siempre por las
creencias y leyendas urbanas, me di una vuelta por el nuevo altar en la Curva
del Diablo, que desde hace más de un año se encuentra enfrente del primero. Es
cuestión de cruzar la carretera de la Autopista para internarse en una zona
boscosa, por donde pasa un pequeño río, y dar con el tabernáculo de adoración a
Satanás, que tiene una altura de aproximadamente dos metros y una estructura
parecida a una cueva.
Lo
cierto es que una vez que el primer altar en la Curva del Diablo fue destruido
con una excavadora por órdenes de la municipalidad de La Paz, arguyendo que allí
se realizaban conjuros de brujería y ritos satánicos, los fieles adoradores del
príncipe de las tinieblas no demoraron en trasladar sus ofrendas a este sitio
montañoso de la misma zona, donde prosiguieron con las ch’allas y las k’oas en
honor del diablo que, según la visión de sus devotos, no sólo representa a las
fuerzas del Mal, sino también a los espíritus del Bien.
Alrededor del pedregoso altar, que no presenta la imagen tallada
de un diablo en roca como en la de enfrente, están esparcidas cenizas de
fogatas,
restos de velas blancas, negra y verdes, hojas de coca, botellas plásticas de
alcohol, latas de cerveza, colillas de cigarrillos, masitas dulces, mixtura y, para
completar el escenario, una botella de vino tinto, en cuya etiqueta se lee:
“Vino para ch’allar a la Pachamama”.
Otras pruebas de que aquí se realizan ofrendas y rituales, casi siempre
después del ocaso, preferentemente los días martes y viernes, son los olores a
coca, alcohol e incienso, que parecen haberse perpetuado al pie del nuevo altar, donde se encuentran pedazos
de ropas quemadas, debido a que no faltan personas que, cargadas de bateas y
baldes con agua, lavan las prendas de sus difuntos y las queman al amparo de la
noche.
Para
algunos, el diablo que apareció en esta zona, desde antes de que se asfaltara
la Autopista, tiene las mismas características que el Tío de la mina, quien
exige tributos tanto para él como para la Pachamama. En cambio para otros,
estos altares en la Curva del Diablo sólo sirven para practicar rituales
satánicos y ejecutar sortilegios de brujería; más todavía, no pocos piensan que
las personas que ostentan poder económico, y que lo demuestran a través de suntuosas
joyas y autos de lujo aparcados a un costado de la carretera, vendieron su alma
al diablo a cambio de riquezas.
Las personas
que transitan por la Autopista, cerca del altar y a cualquier hora del día,
cuentan que no es raro ver a gente rezándole al diablo, como suplicándole que
los ayude en los negocios, la vida personal y profesional. Entre sus fieles
se encuentran los comerciantes y transportistas,
quienes, debido a los accidentes que se registraron a la altura de la Curva del
Diablo, acuden a pedirle protección, convencidos de que los accidentes no se
deben a fallas técnicas ni humanas, sino a los enojos del diablo, quien suele
castigar de manera cruel a los que reúsan entregarle ofrendas para saciar su
sed y su hambre.
“Por eso le rendimos culto, porque es
como un dios que nos ampara de los peligros y evita que muera mucha gente”, declaró
un chófer que, pijchando hojas de coca y rociando aguardiente alrededor del
altar, no dudaba en que el diablo tenía poderes sobrenaturales y que sus
vibraciones se sentían a varios metros a la redonda. Luego añadió: “Él fue también
en su época un ángel bello y poderoso, y sólo porque quiso ser más que Dios, lo
condenaron al infierno y lo mandaron para abajo”.
Está
claro que en este lugar se dan cita personas de distintas condiciones sociales,
desde los profesionales de vida convencional hasta los “cogoteros” más
avezados. Asimismo, es un nido de alcohólicos, prostitutas y delincuentes del
más diverso calibre, acostumbrados a cometer robos a mano armada y a plena luz
del día. No en vano la policía recibe denuncias de personas que fueron asaltadas
por los maleantes de caras cubiertas con pasamontañas y armados con pistolas,
cuchillos y machetes.
La
Curva del Diablo es también frecuentada por individuos que, cada primer viernes
del mes, sacrifican animales en un ritual supuestamente satánico. Se trata en
su generalidad de adolescentes
que, ataviados de negro y portando amuletos que simbolizan los poderes de
Satanás, celebran una suerte de misas negras, más con fines de entretenimiento
y rebeldía, que por una convicción relacionada con los verdaderos ritos que emulan o parodian a la misa
cristiana.
En las
ceremonias esotéricas, de acuerdo a los testigos, se invierten todos los signos
cristianos por signos satánicos y, en lugar de consagrar el pan y el vino, se
consagra la sangre de un animal sacrificado, con la finalidad de reafirmar la
naturaleza salvaje del ser humano. En consecuencia, no es casual que en el
lugar se adviertan huellas de animales sacrificados en honor de Satanás.
Los adolescentes
involucrados en estos actos esotéricos, en los que exhiben el pentagrama
invertido, actúan inspirados por las bandas del género musical derivado
del “Heavy Metal”, llamado también “Black Metal”, cuyos integrantes no sólo se definen
como satánicos, sino que interpretan músicas estridentes, acompañadas de textos
que exaltan los ideales de rebelión, anarquía, desacato a la autoridad y blasfemias
del anticristo.
No se
descarta el hecho de que estos adolescentes presenten problemas psicosociales o
sean adictos a ciertas sustancias controladas, como el alcohol y las drogas, y
que su conducta de apostasía sea el resultado de la marginación social en la
que viven. Tampoco se excluye la posibilidad de que algunos de ellos se definan
como adoradores de Satanás y que incluso hayan leído la “Biblia satánica” del
ocultista Anton Szvandor Lavey.
De todos
modos, el luciferismo, a diferencia del satanismo, puede entenderse más como un
sistema de creencias que venera las características esenciales adheridas a
Lucifer. Las personas que adoran y rinden pleitesía a Satanás, como a una
deidad mitológica contraria a las concepciones religiosas, identifican a
Lucifer como el portador más liviano y positivo del satanismo, debido a que
Lucifer, en cierta medida, es un personaje que encarna algunos aspectos profundos
del subconsciente colectivo.
Sin embargo,
cabe remarcar que la mayoría de las personas, en lugar de ver al diablo como a
un ente malhechor, lo ven como al Tío de la mina que, siendo dios y diablo a la
vez, es un ser protector y benefactor. De ahí que no es casual que los mineros
relocalizados, que hoy forman parte de la urbe alteña, conformen un estamento
especial en la Curva del Diablo, ya que ellos son quienes más ch’allan y k’oan al
pie del altar, pidiendo que el Tío haga realidad sus sueños y deseos.
Quizás por
eso una mujer, entrevistada por la
prensa paceña, manifestó que ella asistía a la Curva del Diablo para agradecerle
al Tío por los favores que recibió en su vida. “Aunque no soy adoradora del Mal
–dijo–, vengo con mucha fe ante el Tío, porque él me cumplió muchas cosas. En
mi vida han pasado muchas cosas malas, tenía mucha pena y él me ayudó a aliviarla
con sus poderes mágicos”.
Otro
testimonio da cuenta de que el Tío no es malo sino milagroso, que protege a los
necesitados, a quienes son víctimas de maldiciones, a quienes padecen de enfermedades
terminales o sufren de otros males. “A mí me ayudó mucho. Era alcohólico y
ahora dejé la bebida gracias a él”, confesó un joven alteño, mientras ch’allaba
y prendía una vela blanca como retribución por el apoyo y los presuntos favores
recibidos.
Las supersticiones, casi siempre contrarias a la fe
religiosa y la razón, son inherentes a la mentalidad ecléctica de una gran
parte de los habitantes de la ciudad de El Alto, donde se ensamblan las
concepciones católicas con las visiones paganas de las culturas ancestrales, que
sostienen la creencia de que las deidades del subsuelo, como es el caso del
Supay (diablo), no sólo tiene atributos de maldad, sino también de bondad,
exactamente como el Tío de la mina, a quien los trabajadores le rinden pleitesía
tributándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.
A
poco de retirarme del lugar, donde la gente se reúne como por arte de hechicería,
sólo atiné a pensar en que a las autoridades de la municipalidad no se les
ocurra, como en el año de 2011, destruir con una excavadora mecánica este segundo
altar, porque los peregrinos a la Curva del Diablo no se darán por vencidos y,
en menos de que cante un gallo, construirán un nuevo altar en algún otro sitio
de la Autopista que conecta a ciudad de La Paz con El Alto, convencidos de allí
donde manda el diablo no manda Dios y mucho menos las autoridades ediles de la
sede de gobierno.
lunes, 17 de marzo de 2014
UN APARAPITA PARA LA PACHAMAMA
Por: Víctor Montoya
El aparapita* era un hombre
taciturno y estaba casi siempre callado, como si escondiera un insondable secreto
en el fondo de su alma. No tenía familia ni hogar, por eso dormía donde le
pillaba la noche, después de haber bebido hasta no poder más.
Su aspecto era como la de cualquier
otro aparapita; tenía el rostro sucio y lleno de cicatrices, el pelo desgreñado
y una rala barba en la perilla; su indumentaria, confeccionada con todo tipo de
materiales remendados con hilo, cordel, lana, cable eléctrico, cordón de
zapatos o tiras de cuero, parecía curtida por la mugre, la grasa y el polvo;
sus zapatos, envejecidos de tanto bajar y subir por las calles de la ciudad,
apenas tenían suela y estaban remachados a la altura del empeine con alambres y
ganchos.
Sus únicos bienes, con los que se
acostaba y despertaba todos los días, eran un
saquillo de yute, una soga de cinco metros y una bolsa nylon para cubrirse de
la lluvia. Por las mañanas, su ración hasta el mediodía era una cuarta libra de
coca y una botellita de alcohol puro, que él se lo metía entre pecho y espalda
antes de irse a la feria popular de la Ceja, donde llegaban los camiones para
descargarlos y donde pululaban los comerciantes que, una vez que compraban a
buen precio los productos agrícolas de los mayoristas, pedían a los aparapitas
cargar sus
enormes y pesados bultos sobre la espalda, olvidándose que son seres de carne y
hueso, así se ganen el plato de comida como si fuesen bestias de carga.
El
aparapita se paró en una esquina, a la espera de que alguien lo abordara y le
pidiera cargar sus bultos. No pasó mucho tiempo, hasta que una chola de mediana
edad, vestida con ropa elegante y forrada con joyas de fina orfebrería, se le
acercó por el flanco y, enseñándole una sonrisa salpicad en oro, le preguntó:
–¿Quieres
ganarte unos pesos?
–Sí,
señora –contestó en voz baja, casi inaudible.
–Entonces
llévamelo aquel bulto –le dijo, señalándole el lugar donde estaba un gangocho lleno
de papas y cereales.
–Sí
señora –repuso él, sin despegar la mirada del suelo.
Al
cabo de un rato, ajustó la
soga alrededor del gangocho, se sentó en el suelo, ciñó la carga contra su
espalda y anudó los cabos de la soga a la altura de su pecho. Aspiró a pulmón lleno, se apoyó sobre una mano y, dejando
escapar un “¡Uf!” por la boca, se levantó con el rostro fruncido por el esfuerzo.
–Por aquí –dijo la señora, indicándole
el camino.
Él se limpió el hilo de coca que le corría
por la comisura de los labios y se puso en marcha siguiendo los pasos de la
señora. A ratos, bajo el enorme peso de la carga, parecía hacer equilibrios
para evitar los desniveles de la acera, ya que un traspié podía traerle
consecuencias graves, como lesionarse la columna o desgarrarse el tendón de
Aquiles.
El aparapita
sabía que lo importante era inclinar el tronco hacia adelante, lo demás
dependía de su fortaleza física y de las mañas que aprendió durante los años
que trabajó como cargador en los mercados Rodríguez,
Yungas, Lanza, Camacho y El Tejar, donde, a
cambio de unas miserables monedas, cargaba saquillos
quintaleros con productos agrícolas llegados de Los Yungas y del Chapare. No
faltaban los días en los cuales tenía que caminar veinte cuadras de subidas y
bajadas, llevando a cuestas varias sillas a la vez, mesas, camas, roperos y
hasta refrigeradores, con un peso que no soportaría ni el lomo de una mula. Lo
peor es que al final, se negaban a pagarle lo justo. Y si él les ponía el
precio, corría el riesgo de que le echen en cara una sarta de insultos o,
simple y llanamente, le griten: “¡Cómo pues tan caro, ni que fueras pues auto,
indio de mierda!”.
Cuando
el aparapita llegó a la casa de la señora, tras haber caminado varias cuadras
con el bulto sobre la espalda, lo primero que le llamó la atención fueron los
lujosos muebles que ornamentaban la antesala y las zanjas que se veían a través
de la ventana en el extenso terreno del patio.
El
aparapita se puso de cuclillas, asentó la base del gangocho en el piso, desató los
cabos de la soga y se incorporó con los músculos adoloridos en la espalda, brazos
y hombros.
La
señora se quitó el sombrero y la manta, le hizo pasar a la cocina y le ofreció
los restos de comida que tenía en el refrigerador.
El
aparapita actuó confundido por el trato amable que le dispensaba la señora,
pues jamás nadie le había invitado a pasar a su concina y mucho menos para invitarle
un plato de comida, así fuera del día anterior.
–Sírvete
nomás –le dijo con una sonrisa que dejaba entrever su dentadura salpicada de
oro.
El
aparapita comió en silencio, como si el “k’oñichi” fuera un delicioso manjar.
La señora sacó un vaso de cristal de la vitrina y lo llenó con un poco de singani
y otro poco de limonada.
–Aquí
tienes, sírvete nomás –le dijo, alcanzándole el vaso.
Él
cogió el vaso y, sin respirar ni gesticular, se lo vació de un solo trago.
Al
poco rato, mientras se servía el segundo vaso, entró en la cocina el marido de
la señora; un hombre trajeado como los abogados, de contextura robusta, cara mofletuda,
nariz purulenta, cabellera hirsuta y piel oscura.
–¿Cómo
te fue en la feria? –le preguntó a la señora, con un tono de mando.
–Muy
bien –repuso ella, y añadió–: Ya tenemos todo listo para la “ch’alla” de
mañana.
–¡Ajá!
–dijo el hombre, se volvió y salió de la cocina.
La
señora llenó otra vez el vaso y el aparapita empezó a sentir los efectos del
alcohol, hasta que, olvidándose de todo y todos, se quedó dormido en la silla,
con la cabeza caída sobre el pecho y los brazos cruzados sobre la mesa.
Ese
fue el momento en que los dueños de casa aprovecharon para hablar sobre la “ch’alla”
del día siguiente. Entraron en el dormitorio, la señora se sentó en el filo de la
cama y dijo:
–Mañana, muy tempranito, vendrá el “yatiri”
peruano para “ch’allar” la nueva construcción. Ya le pagué por adelantado.
–Está bien –dijo el hombre que
permanecía de pie, cerca del dintel de la puerta.
–Quiero que esta vez, además de tributarle
a la Pachamama alimentos, bebidas, hojas de coca, alcohol y otros,
sacrifiquemos también a un ser vivo.
–¿Cómo así? ¿Te refieres a
sacrificar una llama, un cordero o un perro de la calle?
–No seas zonzo –reprochó ella,
meneando la cabeza y frunciendo el ceño–. Como ahora la construcción del nuevo
edificio nos saldrá más costosa, lo mejor será sacrificar una vida humana en
honor de la Pachamama, para que ella se quede satisfecha y a nosotros nos vaya
bien en todo.
–¿Y en qué vida humana estás
pensando? –preguntó el hombre–. No me dirás que en el aparapita...
–Y en quién más pues, zonzo –contestó
la mujer, como si ya todo lo tuviera planificado–. En vez de que se muera como
un perro en la calle y un carro basurero lo tire en algún terreno baldío, lo
mejor será dárselo a la Pachamama.
–Tienes razón –corroboró el hombre–.
Su cuerpo sacrificado, junto con la coca y el alcohol, será bien recibido por
la Pachamama. Peor sería que el aparapita se muriera después de ir a uno de esos antros
clandestinos, donde algunos deciden acabar con su vida por voluntad propia.
Dicen que se hacen encerrar en un cuarto, con la puerta asegurada con candados
y cadenas por afuera, con varios litros de alcohol puro, que ellos toman hasta
morir y terminar con el cuerpo tirado en la calle.
–Así es, pues –dijo la
señora–.Los aparapitas, que beben y beben de manera autodestructiva, como si
quisieran arrancarse el alma del cuerpo, son hijos de nadie y basuras de la
ciudad. Nadie sabe quiénes son ni de dónde vienen. Aparecen y desaparecen de la
ciudad sin dejar rastro alguno. Nadie reclama ni siente pena por ellos. Por
todo eso, no está mal que a este aparapita le demos como ofrenda a la Pachamama.
Él mismo, algún día, nos lo agradecerá desde el más allá. ¿Qué te parece?
–¡Me parece bien! –repuso
el hombre, a tiempo de aflojar el nudo de su corbata–. Entonces mañana lo
sacrificaremos después de “ch’allar” la nueva construcción, pero esto quedará como
un secreto sólo entre nosotros y los albañiles...
Al día siguiente, cuando
el “yatiri” peruano y los albañiles ingresaron al patio, donde debía celebrarse
la “ch’alla” de la nueva construcción, el aparapita fue despertado por las
voces, se levantó de la silla y, desconcertado por no saber qué hora era ni
dónde estaba, se dispuso a marcharse de inmediato, pero los dueños de casa le dijeron
que se quedara un ratito más, porque le tenían preparado un suculento “fidius uchu”.
El aparapita volvió a sentarse, comió el “fidius uchu” relamiéndose los dedos y
se sirvió otro vaso de singani con limonada que, en lugar de mitigarle su “ch’akiy”,
le subió otra vez a la cabeza.
El aparapita, a poco de
chispearse y perder la cordura, pidió más singani para beber. Los dueños de
casa aprovecharon el pedido para preparar un “trencito” en una bandeja de plata,
con ocho copas que contenían una variedad de bebidas alcohólicas, unas más
fuertes que otras. El aparapita vació las copas con la ansiedad de un beduino
en el desierto, hasta que perdió el conocimiento y se quedó dormido en un
rincón de la antesala, encima de un camastro preparado con cueros de ovejas.
El “yatiri”
peruano, un hombre que tenía la facultad de leer el destino de los hombres en
las hojas de la coca, preparó todo lo necesario para iniciar el ritual
mágico-religioso de
la “ch’alla”, rodeado por los dueños de casa y los albañiles que, sentados
sobre unos ladrillos apilados, estaban listos para seguirle al “yatiri” en la ceremonia,
que los conquistadores quisieron extirpar de la tradición andina por considerarla
diabólica, sin considerar que el “yatiri”, además de mantener el equilibrio entre lo conocido y lo
desconocido, entre lo palpable y lo impalpable, es una suerte de médium en la
cosmogonía andina; conocedor de la naturaleza, la vida y la muerte.
El “yatiri”, portador de las creencias y la
sabiduría ancestral, que se conservan en la memoria colectiva y se trasmiten
por medio de la tradición oral, distribuyó un puñado de hojas de coca a cada
uno, para empezar con el “akullico”, a manera de integración e intercambio entre
los presentes en la ceremonia.
No dejó
pasar mucho tiempo y se acomodó en su
lugar para predecir el futuro del edificio mediante la lectura de la coca. Las
hojas fueron lanzadas al aire una a una y una a una cayeron sobre el “tari”. El
yatiri leyó el mensaje y dijo:
–Les irá bien en la construcción y el
edificio les dará muchos beneficios–. Luego miró la hoja que cayó a un costado, la señaló
con el dedo índice y añadió–: Esta hoja me dice que una persona vivirá como condenada en el edificio…
Todos se
miraron a los ojos, en silencio, y nadie dijo nada.
Pasado un tiempo, el “yatiri”, como atrapado en un
estado de trance, cerró los ojos, levantó las manos y rogó al “jach'a ajayu”, y
a las deidades que habitan en las casas y velan por el bienestar de la familia,
proteger a los albañiles durante el proceso de la construcción del edificio.
Asimismo, pidió que atraigan sobre sus dueños toda clase de bienes y venturas
materiales y espirituales, alejándolos de los maleficios de los “layqas”.
Después,
como parte central de la ceremonia, preparó la mesa blanca, con bebidas y
comidas, que debían ser compartidas, en reciprocidad y gratitud, con las
divinidades andinas, lo mismo que la quema de la “k'oa”, que se
consumía poco a poco en el fuego, echando un humo denso y colorido. En palabras del “yatiri”, el humo de
la “k'oa”, integrada por “sullus”, sangre, hierbas aromáticas, confites y otras
esencias, debía llegar hasta los seres tutelares, quienes lo recibirían para
aplacar su sed y su hambre.
Durante la
“ch’alla” de la nueva construcción, los presentes se sirvieron chicha, cerveza
y aguardiente, no sin antes rociar algunas gotas en el suelo, congraciándose con
la Pachamama, los “achachilas” y los “apus”.
Antes de que la “k’oa” dejara de arder, los albañiles
se levantaron y vertieron chicha, vino de “ch’alla” y alcohol blanco en las
esquinas de las zanjas, donde estarían las zapatas y los pilares del nuevo
edificio. Los dueños de casa, por su parte, arrojaron serpentinas y confites
sobre las herramientas y los materiales de construcción.
Al final, los oferentes, convencidos de que sólo
quien da puede recibir, brindaron con cerveza y chicha, mientras se servían un
asado de chancho, con “llajwa”, mote y papas blancas.
Pasado el mediodía, la “ch’alla” estaba concluida.
El “yatiri” peruano se colgó su “wallqepu”
al hombro, se despidió de los presentes y, tras sorber la última copa de
chicha, se fue por donde vino….
Esa misma tarde, los albañiles se pusieron manos a
la obra, encendieron la maquina mezcladora, en cuyo interior vaciaron los
sacos de cemento y, simultáneamente, vertieron la suficiente cantidad de agua y
arena. Luego procedieron a la elaboración del mezclado, con el fin de alcanzar
un resultado homogéneo de todos los componentes, listo para vaciar el cimiento
del edificio.
Mientras esto sucedía en el patio, los dueños
de casa se dieron a la tarea de despojarle al aparapita de sus ropas
andrajosas, para posteriormente vestirlo con un traje nuevo de
bayeta de tierra, camisa de cuello almidonado, corbata con estampas floridas,
cinturón de cuero y zapatos de industria italiana; es más, le lavaron
la cara, le afeitaron y le peinaron antes de ponerle el sombrero petitero.
El aparapita estaba tan borracho, que no se dio
cuenta de nada. No despertó ni siquiera cuando los albañiles y los dueños de
casa le sacaron al guanto hasta el patio, donde lo dejaron dormir otro rato, de
espaldas y con la cara hacia el sol.
Cuando la mezcla
tomó la consistencia necesaria, ésta fue transportada en carretilla hasta uno
de los ángulos de noventa grados de la zanja, donde metieron el cuerpo del
aparapita, doblado en dos, en una profundidad de aproximadamente un metro y
medio de excavación y justo allí donde quedaría empotrada la primera zapata del
edificio.
A las pocas
horas de haberse realizado el vaciado, junto con las piedras de diferentes
tamaños que arrojaron en la zanja, el cemento amasado fraguó con el calor del sol,
endureciéndose como un material de consistencia pétrea.
El
aparapita, que fue enterrado vivo, no dejó huellas de su existencia,
desapareció entre piedras, arena y cemento, como una zapata anclada en el
terreno y como si su cuerpo hubiese estado destinado a sostener el peso de la
estructura del edificio que, según los presagios del “yatiri”, no se vendría
abajo como un castillo de naipes, así fuese embestido por un huracán o sacudido
por un terremoto, porque los dioses tutelares del mundo andino quedaron
satisfechos con la “ch’alla” y la “k’oa”.
Los
albañiles continuaron con la construcción, levantando pilares de cemento y
paredes de ladrillos, hasta que, unos meses más tarde, conforme al contrato firmado
con los dueños de casa, la obra gruesa y fina estaban terminadas, pero los
albañiles, conscientes de que el edificio no sólo era para demostrar el poder
económico de los dueños, sino también para que éstos se distingan entre los
vecinos, remataron su trabajo con la construcción de un chalet de lujo en la
planta alta, donde los dueños de casa “ch’allaron” en grande, con jarana y
banda de músicos incluidas, como si la Pachamama estuviese también en la
terraza del lujoso edificio.
La fusión de estilos y de materiales
tanto nativos como importados, hicieron que el edificio sea el más llamativo de
El Alto. En la fachada se emplearon elementos exclusivos, como vidrios
polarizados, techos americanos, balcones de estilo barroco y suntuosas
decoraciones hechas con colores vivos, piedra laja y mármol alabastrino. Sus
caprichosos diseños, que parecían arrancados de los cuadros cubistas y
surrealistas, llamaron la atención de los curiosos y se convirtieron en la
envidia de los constructores poco acostumbrados a la arquitectura “chola” de la
ciudad de El Alto.
En las primeras plantas del
edificio, por su tamaño y decorado, se instaló un supermercado y una sala de
fiestas, que los dueños alquilaban para la celebración de matrimonios,
bautismos, cumpleaños, promociones y, sobre todo, para escurrirles su dinero a
los pasantes de las fiestas patronales habidas y por haber. Al fin y al cabo,
la costosa construcción de la obra debía retribuirles beneficios y ganancias.
Lo extraño es que, desde el día en
que los albañiles entregaron el edificio, las personas que estaban solas en su
interior, sea de día o sea de noche, escuchaban pasos sobre los azulejos de los
corredores y el eco de un lamento que parecía arrastrarse desde el más allá.
Algunos incluso vieron el espectro de un hombre elegantemente vestido, con
traje, sombrero y corbata, que abría y cerraba las puertas y ventas de los
cuartos.
Los dueños de casa, que escucharon
hablar sobre este fenómeno desde que se inauguró el supermercado y la sala de
fiestas, estaban convencidos de que se trataba del alma en pena del aparapita,
quien abría las puertas y ventanas, con la intención de huir del edificio,
aunque no se atrevía por el temor a retornar a su vida anterior, que le deparó más
penas que alegrías. Tal vez por eso prefería estar condenado dentro del edificio,
que volver a la intemperie como un perro sin dueño.
Así es como el aparapita, que todavía
aparece y desaparece misteriosamente ante los ojos de la gente, sigue dando
mucho que hablar entre los habitantes de la urbe alteña, donde todos sospechan
que los dueños de casa lo sacrificaron en honor a la Pachamama, motivados por
la creencia de que un edificio de gran envergadura exige
el sacrificio de una vida humano para tener un cimiento que resista el peso de
la estructura y no se desmorone con el paso de los años.
Glosario
Achachila: Deidad tutelar en la cosmovisión quechua y aymara. Espíritu guardián de un sitio.
Akullico: Boleo
con hojas de coca para extraer su jugo estimulante.
Aparapita: Cargador en
las ferias o mercados de La Paz.
Apu: Ser sobrenatural andino a quien se
paga con diferentes ofrendas.
Ch’akiy: Sed, resaca.
Ch’allar: Brindar. Ceremonia de ofrenda o sacrificio a los dioses de la cosmovisión
andina. Celebrar un acontecimiento con
coca, cigarrillos y alcohol.
Chola: Mujer mestiza, descendiente de blanco e india o de indio y blanca. Todo
lo referente al mestizaje.
Fidius uchu: Ají de fideos.
Jach'a ajayu: Espíritu mayor.
K’oa:
Sahumerio. Incienso que se quema en un
ritual en honor a la Pachamama. El humo tiene la cualidad de llegar hacia los
seres tutelares de la cosmogonía andina.
K’oñichi: Comida
guardada y recalentada.
Layqa: Hechicero, brujo, encantador.
Llajwa: Salsa de locoto, tomate, aceite y hierbas
aromáticas.
Pachamama: Madre
Tierra, divinidad andina.
Sullu: Feto de
animales, especialmente de llama.
Tari: Pequeño tejido de lana. Sirve para guardar la
coca. El yatiri lo usa para pijchar y leer las hojas de la coca.
Yatiri: Sabio,
sacerdote, curandero y consejero de la comunidad andina. Posee dotes
excepcionales y domina varias artes, como la adivinación mediante las hojas de
coca y el tratamiento de enfermedades con medicinas tradicionales. El yatiri es
el único que puede mantener contacto con todos los niveles de la cosmovisión
andina.
Wallqipu: Pequeña bolsa de lana usada por los hombres para llevar coca,
cigarrillos, lejía y otros enseres relacionados con el oficio del yatiri.
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