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domingo, 14 de diciembre de 2014

CUENTO BREVE DE VÍCTOR MONTOYA


LOS CABALLOS

Los tres caballos, que me acosaban en el sueño, saltaron de las nubes y cayeron en la pradera, cerca de un lago en cuyas aguas se reflejaba la luna. Los miré a lo lejos, pero al verlos venir a mi encuentro, me eché a correr atravesando montes, ríos y quebradas, hasta que de pronto me escabullí en un huerto.

Caminé escuchando el retumbar de los cascos. Atravesé un arco iris y aparecí ante una inmensa llanura. En el horizonte se hundía el sol con su rosado resplandor, mientras una bandada de pájaros se dispersaba en el cielo.

Aunque estaba  en otro tiempo y lugar, seguía corriendo como empujado por el viento. Di un traspié y caí en redondo. Me levanté de un brinco y seguí corriendo sin volver la mirada.

Los caballos avanzaban al galope. Ninguno llevaba jinete, salvo un cuerno en la frente. Parecían caballos domados, pero no tenían amos. Lucían alas en las patas y en el lomo; eran blancos, fuertes y briosos.

Aunque los tenía cerca, muy cerca, seguía apretando el paso, mientras mis energías se me iban por las piernas. No pensaba sino en ganar distancia. Mas como mis piernas no respondían al ritmo impuesto por mi instinto de sobrevivencia, me dejé caer rendido.
 
Los caballos me cruzaron. Se detuvieron en seco. Se alzaron sobre sus patas traseras y relincharon lanzando llamas como dragones. Los miré desde abajo, lleno de pasmo y espanto. Ellos se acercaron al trote, haciendo crujir los dientes y dando coces en el aire. Me bañaron con una lluvia de babas, mientras me hablaban en un idioma desconocido, con inflexiones de dialectos pretéritos.

–¿Qué quieren? –les pregunté.

Los caballos se levantaron sobre sus patas traseras, aletearon el colmo de la velocidad y se elevaron al cielo, las alas desplegadas y las crines tendidas al viento.

Al despertar, escuché desplomarse la puerta en medio de una polvareda que se disipó en el ámbito. Mi madre entró en el cuarto, me lanzó una mirada furtiva y dijo:

–¿Dónde están los caballos?

Me restregué los ojos y limpié el sudor de mi frente.

–¿Qué caballos? –pregunté.

–Los caballos que te perseguían en el sueño –contestó.


KAWALLUNAKA

(Traducción del español al aymara: Félix Layme Pairumani)

Uka kimsa kawallunakawa, samkana arknaqkituxa, qinayanakata thuqhtanisawa pamparu williqtani, mä quta jak’aru, uka umana phaxsisa ajanupa uñacht’ayasïna. Wali jayaruwa uñttha, ukata nayaru uñjasaxa jikxatiri, walipuniwa qullu pata qullu pata, jawiranaka, q’awa q’awanaka jalakipawayxtha, mä muxsa achu quqa quqa muyaru laqa imantasxtha.

Kawallunaka takt’atapa ist’asawa saraskayätha. Mä kürmi manqhnama jalakipawaytha ukata mä jach’a pampanwa uñstxtha. Jaya tukusina intsa anti qhanapampi chhaqhaskänwa, ukkañkamaxa mä walja qutu jamach’inakawa alaxa pachana tutukjtaskäna.

Yaqha pachankaskayäthsa, thayana nukht’atjama jalaskakiyäthwa. Maya t’anqhtasawa muruqt’ata tinkxtha. Maya thuqht’apisawa sayt’tha ukata jani qhipha uñtasisa jalaskakthwa.

Kawallunakaxa p’utukisawa chhukhusinkakiwa. Janiwa mayasa jaqina lat’xatatäkänti, mä waxrakiwa paranakapana utjäna. Uywasa yatinuqtayata kawallunakjamänwa, ukata janiwa jaqipaxa utjkänti.

Jak’ankaskitänsa, ancha jak’ankaskïpansa, ch’amajaxa kayunakajana janisa utjxänxa, t’ijuskakiyäthwa. Atipt’añaki jayankañaki lup’iskayätha. Ukatsa kayunakajasa janiwa qhisphiñataki t’ijurjamäkxänti, atipjatawa tinkxtha.

Kawallunakaxa chhukhukipxituwa. Mayaki sayt’ari. Qhiphäxa kayunaparuwa sayt’ari ukata dragón kikpakjama nasata nina phusarasa qanchiri. Wali mulljata ukhamawa ancha musparata manqhata uñkattha. Chhukhukamawa jak’achanxitu, laka ch’akanakapa k’arakiyasa ukhamaraki ch’usaru mat’aqisisa. Thusunqayampiwa q’ala ch’arant’asa juq’untayxitu, mä jani uñt’ata aruna parlkasaxa, kawki pacha arunakapampiwa parlitu.

–¿Kunsa munapxta? –sisthwa.

Kawallunakaxa qhiphäxa kayunakaparuwa sayt’ari, wali laqa chhiqhanaka jap’aqisa alaxa pacharu thuqhtawayxi, chhiqhanakasa ayatatata kunka ch’awaranakapasa thayana janatatatawa chhukhtawayxapxi.

Sartasaxa, uta punku jiq’i maljtata taypina tinkuriki  ist’tha ukhamaraki uñjtha. Mamajawa utaru mantani, nayaru wali uñkatasa situ:

–¿Kawkinkisa kawallunakaxa?

Nayranaka qaqurastha ukhamaraki jump’ijsa parata laqawa picharastha.

–¿Kuna kawallunaka? –sasawa siskht’tha.

–Samkana arknaqiri kawallunakä –situwa.


Víctor Montoya nació en La Paz, en 1958. Escritor, periodista cultural y pedagogo. Durante la dictadura militar, acusado de organizar actividades subversivas, fue perseguido, torturado y encarcelado. Fue exiliado a Suecia en 1977, tras haber sido liberado por una campaña de Amnistía Internacional. Es autor de más de una decena de libros entre novelas, cuentos, ensayos y crónicas. Dirigió las revistas literarias PuertAbierta y Contraluz. Su obra mereció premios y está traducida a varios idiomas. Escribe en publicaciones de América Latina, Europa y Estados Unidos. Reside en la ciudad de El Alto.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

EL CIBERNAUTA


Por: Víctor Montoya

Jhony Betanzos, como todo joven acostumbrado a lucirse con ropas de marca, auriculares modernos y celulares con múltiples aplicaciones, era un cibernauta compulsivo, adicto a las redes sociales y asiduo visitante de los sitios de pornografía dura.

Vivía en la ciudad de El Alto, donde sus padres amasaron fortunas gracias a una cadena de negocios que instalaron en las avenidas principales. Además, en su condición de “hijito de papá”, no necesitaba estudiar ni trabajar; era cuestión de que pegara un grito para obtener sus caprichos de niño mimado.

Una mañana que entró en la cocina, a la espera de que la empleada le sirviera el desayuno, hojeó el periódico que estaba encima la mesa y, por pura casualidad, leyó en la página de anuncios un texto que decía: “Cholitas hechiceras. Placer y confort en la Ceja de El Alto. Show de striptease al rojo vivo, bebidas afrodisíacas, masajes relajantes y atención sin apuros. Cholitas hermosas, traviesas, desinhibidas, te esperan para complacer tus deseos y hacer realidad tus fantasías eróticas, en un ambiente confortable y con mucha discreción…”.

Jhony Betanzos recortó el anunció y esa misma noche acudió al establecimiento de placeres sexuales, vestido como un gánster de película, con sombrero de ala ancha, camisa blanca, traje a rayas y zapatos lustrosos; tenía la curiosidad de conocer a las “cholitas hechiceras”, quienes hacían striptease bajo las luces de neón y deleitaban con un table-dance sujetas a una barra vertical, donde se lucían ejecutando bailes acrobáticos con la misma destreza de las artistas de circo.

En una pequeña cabina, ubicada a unos pasos de la puerta, pagó su entrada y luego se internó en el burdel, que apestaba a sudor, tabaco y alcohol. Avanzó entre lámparas a media luz y se sentó cerca de la plataforma, donde todas las noches se exhibía un espectáculo erótico, cuyas sensuales coreografías encandilaban a los jóvenes y devolvían la virilidad perdida a los viejos.

Al término del espectáculo, Jhony Betanzos, que tenía la mirada puesta en las curvas de una de las cholitas, que mejor meneaba las caderas en el escenario, despojándose de su lencería que no dejaba casi nada a la imaginación, se puso de pie y se apresuró en invitarla a su mesa, para tenerla como a su dama de compañía.

–Quiero compartir contigo –le dijo tomándola de las manos.

–Está bien –asintió ella, con un gesto afirmativo de cabeza y alzando la voz a un tono más alto que el de la música que zumbaba en el local.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó, esforzándose por tratarla con modales de caballero.

Ella no quiso identificarse con su verdadero nombre ni apellido, así que, tras un breve silencio, se limitó a contestar:

–Aquí todos me conocen por la Barquito Chico. Y tú, ¿cómo te llamas?

–Jhony Betanzos, pero mis amigos, en las redes sociales, me llaman El Cibernauta…

Lo que esa noche empezó como una amistad casual y pasajera, terminó en un maravilloso acto de amor en uno de los alojamientos de la Ceja. Él puso el dinero y ella puso su experiencia de meretriz.

Jhony Betanzos, como todo hombre que alcanza las estrellas en una noche de encendida pasión, perdió la cabeza por los encantos de la “cholita hechicera”. De modo que no dejó de visitarla varias veces a la semana, hasta que al final le puso jaque a su corazón.

La Barquito Chico, quien se inició como dama de compañía en la ciudad de El Alto, desde que llegó de un pueblito del interior, nunca cayó en las galanterías de un hombre ni se enamoró de sus clientes, con quienes mantenía una relación fría y distante; pero esta vez fue diferente, estaba atrapada en las redes de Jhony Betanzos, quien le prometía cielo y tierra a cambio de que le correspondiera con su amor.

Mientras la Barquito Chico seguía ejerciendo su oficio en el burdel, Jhony Betanzos, desde que se levantaba hasta que se acostaba, pasaba los días enganchado a las redes sociales, a través de las cuales encontraba amigos virtuales, dispuestos a suministrarle imágenes de zoofilia, sadomasoquismo y pedofilia.

Pasado un tiempo, como suele ocurrir en la desenfrenada relación de los jóvenes enamorados, llegaron los conflictos de pareja. Él quería evitar a toda costa que la Barquito Chico continuara trabajando como meretriz; en cambio ella, que necesitaba dinero para enviar a su madre y sus hermanos, no desistía en su afán por seguir en ese oficio que no le agradaba en absoluto, pero que sí le retribuía con creces sus servicios y sacrificios.  

El enfado de Jhony Betanzos llegó a tal extremo que, una noche de crudo invierno y cielo encapotado, decidió esperarla cerca del burdel de las “cholitas hechiceras”, con el propósito de impedir su ingreso a ese antro de excesos carnales. Avanzó a hurtadillas por la calle, se escondió detrás de los autos aparcados contra la vereda y esperó la llegada de la Barquito Chico, quien empezó a provocarle un remolino de celos de sólo pensar que eran muchas las miradas que la desvestían antes de que ella se quitara las prendas y muchos los hombres que deseaban cabalgar como jinetes en las bronceadas colinas de su cuerpo.

Cuando la vio cruzar por la calle, encaminándose hacia el burdel, salió de su escondite con la decisión de detenerla antes de que alcanzara la puerta. En tanto ella, al advertir su presencia, intentó darse a la fuga, desesperada y temiendo lo peor, pero tuvo tan mala suerte que el tacón de su zapato se le atascó en el empedrado, dejándola desplomarse boca abajo y con la pollera arremolinada sobre su espalda.

La Barquito Chico, con el latido del corazón golpeándole contra su pecho, trató de incorporarse para volver a correr, pero él la alcanzó, se abalanzó sobre ella y la inmovilizó cogiéndola por las trenzas.

–¡Te pedí que te alejaras de la prostitución, el alcohol y las drogas! –le dijo en un tono imperativo.

Ella giró la cabeza con esfuerzo y replicó:

–Está bien. Me alejaré del burdel, pero ahora deja que me levante y luego nos vamos al alojamiento...

Un transeúnte, que casualmente apareció en ese instante, quiso socorrerla al ver que estaba siendo agredida por su pareja.

–¡Usted no se meta en lo que no debe! –le increpó ella, echando escupitajos contra el suelo–. ¡Es mi marido y tiene derecho a pegarme!

El transeúnte, sorprendido por la reacción de la mujer, los dejó a su suerte y prosiguió su camino.

Cuando la pareja llegó al alojamiento, donde solían dormir algunas veces, se desencadenó una acalorada riña ocasionada por los celos. Ella le reprochó su falta de consideración y tolerancia, y él la acusaba de ser una mujer libertina, capaz de entregarse a cualquiera que le pusiera los billetes entre las piernas.

La Barquito Chico, sintiéndose ofendida en lo más profundo de su dignidad, reaccionó contra el agravio propinándole una sonora bofetada, mientras le recriminaba por su mentalidad machista y su conducta de poco hombre.
  
Jhony Betanzos, con los nervios y el raciocinio al borde de un colapso, reaccionó como una fiera y la tumbó sobre la cama, le levantó la pollera y las enaguas, le quitó la tanga de un tirón y la violó sin miramientos ni contemplaciones.

Ella se resistió al acto bestial entre quejidos de dolor, pataleó y pegó manotazos por doquier, hasta que el violento acceso carnal culminó contra su voluntad. Se cubrió las piernas con la pollera y, entre sollozos de impotencia, amenazó con denunciarlo por maltrato y violación.

Jhony Betanzos, a poco de ajustarse los pantalones y temeroso de que ella cumpliera con su palabra, pensó que lo mejor era acabar con su vida. Entonces cogió la barra metálica que había en la habitación y le pegó un mortal golpe en la cabeza, dejándola seca y quieta como una piedra.

Después salió en busca de una ferretería, donde compró bolsas de plástico y un cuchillo de dimensiones apropiadas, con el propósito de decapitar y despedazar el cadáver. Una vez que completó la operación, tomó fotografías del atroz crimen con su celular, tiró los órganos internos por el inodoro y el resto del cuerpo, que sacó del alojamiento en las bolsas de plástico para evitar sospechas, arrojó en un basural frecuentado por los perros callejeros.

Jhony Betanzos, que se convirtió en el asesino de la mujer a quien le profesaba un amor enfermizo, retornó a su rutina cotidiana, convencido de haber hecho lo que debía hacer, aunque su tranquilidad no duraría por mucho tiempo, ya que cometió la imprudencia de compartir sus impresiones sobre el macabro crimen a través de las redes sociales, en las que incluso subió las fotografía que tomó con su celular; es más, en su cuenta de Twitter escribió: “No siento temor ni culpa, y mucho menos tristeza, por haber acabado con la vida de una ramera, que ofrecía su cuerpo por unas cuantas monedas”.

La policía, siguiéndole las pistas a través de las mismas redes sociales, no demoró en identificarlo y en dar con su paradero. Procedió a capturarlo y a entregarlo en manos de la justicia, que lo declaró culpable del deceso de la trabajadora sexual, cuyos restos jamás fueron encontrados, aunque se buscaron y rebuscaron en el basural indicado.

Cuando Jhony Betanzos fue sometido a una evaluación psicológica, para determinar su grado de lucidez mental al momento del feminicidio, los peritos coincidieron en que se trataba de un psicópata, con serios trastornos mentales, y no dudaron en tipificarlo como un sujeto altamente peligroso para la sociedad.

Lo encerraron en la cárcel de San Pedro, donde no estuvo ni un año, habida cuenta de que sus padres, prósperos comerciantes de la ciudad de El Alto, compraron los servicios de varios abogados y sobornaron a las autoridades de la justicia para que lo pusieran en libertad.

Jhony Betanzos, una vez absuelto de toda culpa, retornó a su casa en un flamante auto y sin otro deseo que continuar con sus aficiones de cibernauta. Su adicción al Internet era tan fuerte que, apenas puso los pies en su dormitorio, lo primero que hizo, ansioso por reengancharse en las redes sociales, fue encender su computadora personal.

El aparato electrónico, con poderosa capacidad de memoria y velocidad, tardó más tiempo de lo habitual en encenderse, pero cuando lo hizo, mediante una interfaz, apareció la nítida imagen de la Barquito Chico en la pantalla de cristal líquido, como si su bronceado y curvilíneo cuerpo hubiese recobrado vida dentro de la computadora.

Jhony Betanzos se quedó helado de susto; una sensación de pavor que se le intensificó cuando su víctima, que lucía los mejores atributos de una “cholita hechicera”, le dijo que tenía los días contados, lanzándole una mirada de advertencia y rencor, como recordándole que no hay un crimen perfecto y mucho menos un crimen sin castigo ante la justicia de Dios. 

miércoles, 26 de febrero de 2014

EL POSESO Y EL YATIRI

Por: Víctor Montoya

Donato Quispe, un estudiante de secundaria de la ciudad de El Alto, fue testigo y víctima de la terrorífica presencia del Maligno en su casa, del mismísimo demonio que, poco tiempo después, tomó posesión de su cuerpo, como cualquier ente destructivo que se aloja en un sitio para cometer sus fechorías.

Su experiencia personal no obedecía a una enfermedad mental ni a las fantasías propias de los muchachos de su edad, sino a un hecho concreto que le tocó vivir entre las cuatro paredes de su cuarto, donde empezaron a moverse los objetos por si solos y a oírse ruidos extraños.

El Maligno se le manifestaba entre la medianoche y el alba; tiempo en el cual Donato Quispe entraba en trance; se le blanqueaban los ojos y echaba espuma por la boca, se retorcía salvajemente y blasfemaba emitiendo sonidos similares a los gruñidos, maullidos y ladridos.

A veces, obrando en contra de su voluntad, empezaba a levitar como un ilusionista de circo, perdía el control de sí mismo y, con síntomas parecidos a la amnesia, no tenía conciencia ni memoria de sus actos; en tanto el Maligno actuaba a su regalado gusto, haciéndole sentir aversión vehemente hacia las imágenes y los objetos sagrados.

Donato Quispe no se animaba a revelar este secreto a nadie, ni siquiera a su mejor amigo por temor a que le tilde de loco o que alguien le diga de frente: “El mal de locura, sólo la muerte lo cura”. De modo que sufría solo los tormentos del Maligno, sumido en la resignación y el silencio; un silencio que, por fortuna, no duró por mucho tiempo, ya que Donato Quispe, tras escuchar los consejos de su voz interior, decidió contarles a sus padres lo que le estaba pasando desde el día en que el Maligno tomó posesión de su cuerpo.

Sus padres, apenas escucharon su desgarrador relato, se convencieron de que su hijo estaba poseído y que para liberarlo del Maligno necesitaban de la intervención divina, a través de un santo o de la santísima Virgen, quien, además de hacer milagros, es la madre de Cristo y enemiga declarada de Satanás.

Otra de las alternativas era recurrir a la potestad de un exorcista, pero como no había un cura a mano y mucho menos un clérigo capacitado para exorcizar, tomaron la decisión de buscar la ayuda de un yatiri en la Ceja de El Alto, capaz de enfrentarse al Maligno que causa estragos en el cuerpo y alma de sus elegidos.

Los padres de Donato Quispe sabían que en la Ceja, donde la desmesura es el santo y seña de las cosas, abundaban los aymaras que oficiaban de yatiris, ofreciendo sus servicios a la gente con problemas de diversa índole, jactándose de que, mediante la lectura de las hojas de coca y los prodigios de la k’oa, podían quitar hechizos, maleficios, mal de ojo, mala suerte, negatividades malignas sobre personas, casas, empresas, actividades comerciales y, por si fuera poco, hasta juraban que podían curar el mal de  amores y los desvaríos de locura.

Sin embargo, los padres de Donato Quispe no sabían si el yatiri estaba capacitado para enfrentarse al Maligno, como un exorcista que, mediante el uso de reliquias sagradas y conjuros, podía liberar a una víctima del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual del todo Poderoso.

Aun así, estaban convencidos de que las ceremonias rituales de los yatiris no eran simples patrañas, como creen los citadinos y gringos mochileros, sino conocimientos basados en la sabiduría popular, las tradiciones ancestrales y la cosmovisión de una cultura que todavía cree, a ojos cerrados y a pie juntillas, en la existencia de espíritus benefactores y espíritus maléficos.

La noche en que Donato Quispe estaba acostado en la cama, a la espera de que el Maligno despertara en su interior para atormentarlo como otras veces, el yatiri llegó a su casa, ataviado a la usanza de los kallawayas, con un collar de amuletos alrededor del cuello y un wallqipu colgado en bandolera; era una persona relativamente joven y de estatura mediana, nariz aguileña, pómulos pronunciados, cejas arqueadas y ojos pequeños con relación al tamaño de su rostro.

Por el modo de moverse, sin temor ni vacilaciones, se podía intuir que era dueño de una personalidad fuerte y decidida. No en vano se supo después que era uno de los elegidos de su ayllu por haber sobrevivido al impacto de un rayo y que, además de ser jampiri, que diagnosticaba dolencias y trataba enfermedades tanto físicas como mentales, era experto en los artilugios de hechicería y brujería, que practicaba artes marciales, que llevaba una vida austera y disciplinada, que comía y bebía con medida, que era devoto de la virgen del Carmen y miembro de una fraternidad de morenada.

El yatiri, conducido por los padres de Donato Quispe, entró en el cuarto donde éste yacía de espaldas y con la mirada perdida en la nada. Pidió que los dejaran solos y aseguró la puerta con el cerrojo, a modo de asegurarse que nadie los molestaría mientras se llevaba a cabo la purificación del poseso.

Una vez que los dos quedaron solos en el cuarto, apenas iluminados por la luz de la luna que ingresaba por la ventana, no se hablaron ni se miraron. El yatiri se quitó el poncho y el sombrero, sacó de su wallqipu la coca, el aguardiente, las plantas medicinales, semillas de wayruru envueltas en algodón y todos los enseres concernientes a su oficio. Los acomodó sobre un aguayo tendido en el piso, mientras Donato Quispe, con las manos cruzadas sobre el pecho, le seguía con la mirada cada uno de sus movimientos.

Poco después, el yatiri empezó la sesión que se prolongaría por varias horas.

–¡Ponte de pie! –le ordenó con una voz metálica, como la de los locutores que transmiten los partidos de fútbol.

El muchacho se incorporó de un brinco y quedó plantado como un soldado en medio del cuarto.

El yatiri calló un momento, le dio la espalda y ordenó de pronto:

–¡Quítate las ropas!

Donato Quispe obedeció al instante y se despojó de las ropas hasta quedar en calzoncillos.

Entonces el yatiri prendió la k’oa con un fósforo y, mientras lo sahumaba entero al poseso, invocaba a las deidades del bien con palabras mágicas y en procura de ahuyentar al espíritu maligno que hacía de las suyas, como el Anchanchu que se mete en la vida de las personas, generándoles enfermedades, desgracias y locuras.

El aroma del humo que cundió en el cuarto, aparte de incluir los elementos propios de la k’oa andina, como es el sullu y el sebo humano, contenía también hierbas purificadoras, ramos de wira wira, castañas y dientes de ajo para ahuyentar a los malos espíritus, como se ahuyentan a las serpientes más venenosas y peligrosas de este mundo.

Al cabo de un tiempo, Donato Quispe emitió un vozarrón que le nació en el fondo de sus entrañas, blanqueó los ojos, echó espuma por la boca, se tambaleó como un borracho y, de súbito, se tumbó en la cama en estado de trance.

El yatiri, al verlo padecer como un animal envenenado, se dispuso a conjurar contra el espíritu maligno, pero sin usar la señal de la cruz ni rociarle con agua bendita. Le bastó con un puñado de hojas de coca y una botella de aguardiente para invocar, con oraciones que más parecían maldiciones, al ajayu de los seres tutelares de la cosmovisión andina.

A continuación pronunció palabras ininteligibles, porque su boca estaba atestada con hojas de coca, con las cuales, luego de akullicar, untó el cuerpo de Donato Quispe, consciente de que las hojas sagradas tenían un alto poder curativo.

Donato Quispe, presa de las garras del Maligno, se retorcía entre gritos desgarradores de dolor, como si llevara un reptil metido en el cuerpo. Sus ojos se tiñeron de sangre y su voz se tornó en un bramido feroz. No cabía la menor duda de que el espíritu maligno atormentaba su vida, haciendo uso cruel de su cuerpo y negándose a dejarlo en paz.

El yatiri, convencido de que las maldiciones en la vida se multiplican como los peces y los panes del evangelio, no se dio por vencido, se revistió de valor y, enfrentándose de nuevo a la fuerza perversa y destructiva del Maligno, lo conminó a  abandonar el cuerpo poseído, con la repetición continua de palabras y oraciones acompañadas con mucha fe y certeza, debido a que la curación era a la vez un rito, un acto litúrgico, un nexo entre lo terrenal y lo divino.

El Maligno puso resistencia y soltó una infernal carcajada que hizo vibrar las paredes y el techo, entretanto que en el lampiño tórax de Donato Quispe apareció un mensaje escrito en caracteres de sangre, que el yatiri no pudo descifrar porque no sabía leer ni escribir. Empero, comprendía que no era lo mismo estar poseído por un buen espíritu, que estar poseído por un espíritu del reino de las tinieblas.

A pesar de la tensión reinante en el cuarto, no se enfrentaron en un combate cuerpo a cuerpo, aunque ambos estuvieron a punto de perder la paciencia, pero ni bien el yatiri pronunció las palabras: “¡Diablo maldito!", el muchacho se sentó de golpe y empezó a golpearlo con una barra que arrancó de la cabecera de la cama. El yatiri reaccionó con violencia, desencadenó sus poderes sobrenaturales concedidos por el rayo y, tomándolo a Donato Quispe por el cuello, exclamó amenazante:

–¡Diablo maldito! Si no te alejas de este cuerpo ahora mismo, te llevaré conmigo hasta el mismísimo infierno…

El Maligno se burló de las amenazas de su interlocutor y se negó a abandonar el cuerpo del poseso. Entonces el yatiri sacó un murciélago vivo del bolsillo interior de su wallqipu y, tomándolo por las alas, lo pasó varias veces por el torso de Donato Quiste, hasta que el Maligno se metió en el cuerpo del animal, dejándolo liberado al muchacho, quien parecía haber despertado de una espeluznante pesadilla. El yatiri abrió la ventana y dejó volar al mamífero nocturno en dirección a la luna.

Acto seguido, como iluminados por un milagro, Donato Quispe volvió a ser el mismo de antes. El Maligno poseyó el cuerpo del murciélago y los padres del muchacho, agradecidos con los dioses benefactores de la cosmovisión andina, se abrazaron felices de ver a su hijo rebosante de alegría y libre de todo mal.

La batalla contra el Maligno estaba ganada.

El yatiri aymara, antes de marcharse con su wallqipu colgado en bandolera, le entregó a Donato Quispe un amuleto para que se cumplan sus deseos tanto materiales como espirituales y, sobre todo, para que se proteja contra las asechanzas del Maligno, quien, según la versión de los ateos y agnósticos, está en todas partes sin estar en ninguna.

Glosario

Ajayu: Espíritu de los seres vivos en la cosmovisión andina.

Akullicar: Bolear con hojas de coca para extraer su jugo estimulante.

Anchanchu: Ser sobrenatural maligno, de cabeza y cuerpo deformados. Causa enfermedades y muerte, es dueño de almas y de riquezas.

Ayllu: Comunidad local, sistema de organización básica de la sociedad aymara.

Jampiri: Curandero, hombre que trata enfermedades con medicinas tradicionales.

Kallawaya: Médico naturista de las proximidades del lago Titicaca, célebre por sus conocimientos para curar las dolencias con hierbas medicinales.

K’oa: Sahumerio. Incienso que se quema en un ritual en honor a la Pachamama. El humo tiene la cualidad de llegar hacia los seres tutelares de la cosmogonía andina.
Sullu: Feto de animales, especialmente de llama.
Wallqipu: Pequeña bolsa de lana usada por los hombres para llevar coca, cigarrillos, lejía y otros enseres concernientes al oficio del yatiri.

Wayruru: Semilla de un árbol, de color rojo y manchita negra. Se usa como amuleto contra la mala suerte y la melancolía.

Wira wira: Planta herbácea usada en infusión como pectoral.


Yatiri: Sabio, sacerdote, curandero y consejero de la comunidad andina. Posee dotes excepcionales y domina varias artes, como la adivinación mediante las hojas de coca y el tratamiento de enfermedades con medicinas tradicionales. El yatiri es el único que puede mantener contacto con todos los niveles de la cosmovisión andina.

domingo, 14 de octubre de 2012


RELATOS BREVES DE ROBERTO “BETO” CÁCERES


 En una terminal de buses

Mi mamá tenía que viajar a La Paz, pero primero me dijo que vayamos al parque a tomar helado. El helado de canela con leche estaba rico, aunque no estaba tan rico como el de mi abuela. Desde que ella se había muerto ya no íbamos a visitar a nadie, porque mi mamá me decía que todos los parientes eran malos. Creo que el único bueno para ella era el nuevo tío que estaba a nuestro lado. Me lo pidieron un helado y diciendo: «vamos a dejar los bultos a la terminal, ahorita volvemos», me dejaron sentado en la acera. Yo, sonso, tomaba y tomaba el helado sin saber que este tío malo se la estaba robando, y ni siquiera tenía para pagar el helado.
Pasarelas

[Bombillas] ¡Universidadpradosanfranciscocejasatélite!

¡Cejapérezuniversidad6deagostoisabelacatolica! Es todo el día desde que he empezado a trabajar como ayudante de minibús. Al principio no sabía cómo anunciar y menos cobrar. He trabajado por primera vez con el Rugrats, en esta misma línea del 257 que va desde Ciudad Satélite hasta SanJorge.

[Rugrats] El Bombillas era un gil, al momento de ponerse a vocear por primera vez parecía que quería tomar un poco de aire... no, no, mucho aire. Empezó a sudar y apenas decía seguido nuestra ruta. Lo peor era cuando me hacía ver como cojudo porque ya estabámos en la Pérez y seguía diciendo: "Pérez un boliviano, Pérez un boliviano..." ¡Hay otros más vivos che!

[Bombillas] Ahora no me he hecho engañar ni un centavo, lo único que me molesta es este jefe. «¡chango! ¿Me estarás cobrando bien no?». «Deberías fijarte al otro. Mira, nos ha pasado, qué cojudo eres. Abrí más rápido la puerta. ¡Puta che! Parece que no has desayunado... ¡Anuncia más fuerte, pues!». Este gordo..., y ciego de paso. Vas a ver, qué te crees para reñirme tanto. Y al terminar el día, lo que estaba esperando... «No, no. Vengan esos bolsillos». T'ejeta, no sabes... «Ahora, sácate los zapatos...» ¡Esa patada duele!

[Floricienta] Como al sonso le gustaba tomar los refrescos en bolsita con dos y hasta tres bombillas, todos ya le decían Bombillas. Él tomaba para no estar ronco. Yo le enseñé pues. Ya pasado un tiempo de sus primeras veces como serrucho, ya diestro, quién le va enseñar sino, salía a alaraquear su madera de ayuco y hasta quería ganarme al gritar. ¡Ja! Pero nadie me. Esta noche nos iremos a jugar stret faiter y no le dejaré ganar, le voy a hacer sudar, para qué me puso «Floricienta».


[Bombillas] Imagínate un minibús con capacidad para 14 pasajeros, con 20 sentados. Ese es mi minibús, o sea, yo les he acomodado anoche hasta la Ceja. Al llegar a la parada el Pájaro Loco me ha preguntado cuánto había hecho y diciendo «está bien», ¡me ha dado 20 pesos! Aunque sabe que le jalo cinco o diez pesitos más para mi ají de fideo y mi tilín, él no me dice nada. Pero mañana me esperará a las cuatro, dice que tal vez tengamos que venticuatrear.

[Pájaro Loco] Por lo que he visto nomás. El Bombillas no se va con uno y con otro. Siempre peguea con un jefe por más de un mes y no jala mucho como otros mañudos. Primero estaba con el Rugrats, luego con el Suchani, y después de que he visto que era bien bala y k'amanea bien, le he dicho que vueltee conmigo.

En una estación de trenes, sin trenes

A veces se suben borrachos y borrachas y no se acuerdan ni dónde viven. Yo estaba acostumbrado a esto pero una noche subió apenas una mujer rara. Me preguntaba cada rato que cuánto es el pasaje. Yo no la había visto bien por lo despeinada que estaba. Luego de prender el foquito para cobrar, de repente me dijo: «¿Miguel? ¡Hijito!».
De “Línea 257”, Ed. Yerba Mala Cartonera, El Alto, 2006.

EL AUTOR

Roberto (Beto) Cáceres, aunque nació en Copacabana, en 1979, está considerado como escritor alteño. Co-director de la editorial artesanal Yerba Mala Cartonera, un proyecto social, cultural y comunitario sin fines de lucro. Es autor de La vida es siesta (Editorial Lulu, 2005), Línea 257 (Yerba Mala Cartonera, 2006) y de varios cuentos publicados en revistas nacionales y extranjeras. Obtuvo el premio de crítica Amalia Gallardo en 2001. Mantiene su excelente página digital:  http://estanteboliviano.blogspot.com/, que mereció el premio de cultura Award Thinking en 2007.

jueves, 4 de octubre de 2012


DOS RELATOS DE CRISPÍN PORTUGAL


Almha, la vengadora / Línea 257


Uno

La luna hecha astilla cayó e hizo temblar sus senos pequeños nevados torrencialmente; pero repletos de ternura, escupió y se frotó rápidamente las manos temblorosas respondiendo innatamente al flujo consanguíneo que circulaba fogosamente por sus venas. Mientras que en un apretado espacio de las graderías de un no más que pequeño anfiteatro se escuchan gritos alargados, achatados, enroscados, atascados en fin, bastante emocionados que con mucho esfuerzo se puede entender: ¡Almha¡ ¡Almha! ¡Almha!

Dos

En estas horas domésticas se dice por ahí que el sol es atacado y después devorado por la luna y las estrellas. Éstas se apoderan del brillo del astro padre que, casi muerto con un poco de descanso, se recupera una y otra vez, así como las caídas del khari khari: dentro del cuadrilátero, fuera del cuadrilátero, debajo del cuadrilátero; a la derecha, a la izquierda, al este, al oeste; en todas partes del escenario que mucha gente un buen tiempo murmuró de ello y hasta algunos transformaron la ´´K´´ del inicio de su nombre adoptado en el ring por una ´´K´´ de K H A I D O R.

¡Veeeeeeeencido! ¡veeeeeeeencido! ¡veeeeeeeencido!... quinientas sesenta y seis veces tuvo que tragarse esta enorme palabra, anestesiado por el dolor y callado por el bullicio. Domingo encima de domingo, domingo tijereteado, domingo planchado, domingo eléctrico, domingo galáctico, domingo volador, domingo quebrado.

Tú y tú como dos

Tembló tu carne al escuchar la voz negra en la tarde, mientras ella con su viento lo nublaba todo con polvareda, dejándonos en la penumbra sin ser noche. Mi cuerpo empezó a absorber la humedad, la tristeza de estas paredes tiesas olor a trago, mareándonos más de lo que habíamos bebido. Me acerqué a ti que te dejabas escapar por la ventana, te veías flotando impulsada por el fuerte ventarrón sin que las venteras, que tiritaban de frío y recogían en sus aguayos sus mercancías, se percatasen de tus cabellos que se enredaban en las rejillas de algunas pasarelas.


Quisiste recorrer la planicie de esta ciudad pero la montaña canosa con el nombre del joven carcomió tu tiempo calculado.


Cerraste los ojos y buscaste en mí un poco de calor, te abracé con fuerza, froté tu espalda y te retorciste. Quise cortar tus cabellos, cuando empezaste a llorar, toque tu mejilla de barro y un gemido eficaz como tu llanto escapó de tus labios: te hacía daño, pues todo tu ser estaba malogrado y al borde del derrumbe; entonces comprendí que nuestro calor se esfumó.

El ámbar de este silencio se ahumó, se vio terriblemente estrujado, mis ojos vidriosos reflejaban el catre, el bacín que sirvió de cenicero, el perchero con cariz de arlequín, el velador donde se desvanecían unas monedas, donde yacen tiesas unas llaves, donde brillan unos sobres nerviosos. Ahí estás tú quitándote la ropa aprisa, segura, decidida, secándote las lágrimas para después meterte en la cama y cubrirte con las frazadas sucias, dejándome un espacio que sin lugar a dudas lo ocuparía.