martes, 22 de abril de 2014


HIP HOP EN EL ALTO DEL CIELO


Por: Christian J. Kanahuaty*

Si algo tiene el mundo de la música es su versatilidad. Su capacidad de hacer cosas con la magia de la lírica. Algo que estuvo oculto en las letras de los libros de historia de pronto es revelado por las palabras que se lanzan al aire envueltas en ritmo.

Para Los Racionais MC´s, de Sao Paulo-Brasil, así como para los argentinos de Cuarto Poeta y para los de Tinez, afincados en Costa Rica, el hip hop es la herramienta que denuncia la segregación económica y las maneras en que el capitalismo ha vulnerado los valores morales de la juventud. A veces, esta herramienta es usada junto con la religión, como en el caso de los brasileros, o con los lenguajes de la barriada, como ocurre en Argentina. Pero son muchas más las rutas de expresión hiphopera. 

Nacidos en la ciudad boliviana de El Alto, Ukamau y ké exploraron en sus líricas una vertiente más de la exclusión: el racismo.

Hacia finales del 2003, en Bolivia se expulsó a un presidente. Por más de un mes se paralizaron y bloquearon todas las carreteras de conexión interna y externa del país. Fue una suerte de guerra civil. Vecinos de la ciudad de El Alto y de otras ciudades del resto de Bolivia se enfrentaron al ejército demandando la no exportación del gas a precios simbólicos y la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Las Fuerzas Armadas defendieron el supuesto Estado de derecho y la permanencia en el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, pero el presidente puso su cargo a disposición del Congreso para que sea su Vicepresidente quien asumiera la primera magistratura, entre caras de frustración y escepticismo que rayó en cinismo. A las cinco de la tarde de ese 17 de octubre ese mismo presidente subiría a un helicóptero para llegar a Santa Cruz de la Sierra y, desde ahí, partir en un vuelo privado rumbo a Miami. En honor de su doble nacionalidad (boliviana y estadounidense) reclamaría asilo político a Washington.

Al día siguiente, las aguas volvieron a su curso y las reformas políticas empezaron a sucederse. Pero en las calles de la ciudad de El Alto algo había cambiado en serio. No en vano habían perdido durante ese mes de enfrentamientos a 60 personas y los heridos sumaban 500. Fue desde el barrio que se leyó la ciudad. No fueron los académicos ni los literatos quienes lo hicieron, aunque las novelas no tardarían en llegar, pero escritas por personas que habían vivido el conflicto frente al televisor… La ciudad y su dilema se convirtieron en versos hip-hop en lengua aymara, en la voz de Abraham Bohórquez. Luego, tras unas cuantas semanas, se tradujeron al español. Versos para sentir la raza y la fuerza de una ciudad que prefiere estar en alto que morir de rodillas.

Abraham murió hace unos años en circunstancias aún desconocidas, y ha nacido, por supuesto, el mito. Las razones del fuego han sido muchas: sus líricas en Ukamau y ké, su trayectoria como comunicador y gestor cultural, la capacidad para pasar de la arena de la música a los debates políticos y académicos. Decía lo que tenía que decir frente a intelectuales de la talla del mismo Vicepresidente de la República, Álvaro García Linera, quien ahora se rodea de la intelectualidad europea para decir su propia verdad. Para mostrar que un marxista-leninista también puede creer en el Estado y renunciar a lo que fue (un guerrillero que luchó contra la dictadura y los primeros gobiernos neoliberales), para iniciar proyectos extractivistas que necesitan de intervención militar para desalojar a los pueblos indígenas que se reconocen como dueños del territorio… Bohórquez estaba ahí, interpelaba y promovía la articulación de fuerzas de resistencia.


El camino a la política estaba marcado por su voz, pero se quedó trunco cuando murió el cuerpo. Será entonces su otra voz, la del freestyle que hace rimas, la que funde una nueva forma de entender la música en Bolivia. Las bandas de rock han sido siempre intimistas, las bandas de blues son una suerte de tributo de lo que sucede en Argentina, México o Estados Unidos y las bandas de folclor rondan entre lo comercial y el culto insufrible por lo autóctono como mercancía.

Cantar hip-hop a 4100 metros sobre el nivel del mar es una cuestión de honor. Se corre un gran riesgo que se siente en los pulmones, pero la sensación de que con cada grito, con cada palabra, se arma una nueva constelación es insuperable. La realidad no está abajo, se construye en el firmamento y es desde ahí que se puede observar mejor la oscuridad de las certezas de un hombre que ha dejado de sentir.

Ukamau y ké hablaba de todas esas cosas que importaban a las vendedoras de comida en la calle, a los lustrabotas, a los choferes de los camiones, a los adolescentes que iban al colegio, pero que al regreso, tenían que recoger a su padre totalmente embriagado de la cantina de la esquina. También te hablaba como hermano, como prójimo, como universitario que luego de terminar los cinco años reglamentarios no tendría trabajo. Te cantaba como a ese hermano que para evitar la burla familiar se dejaría sobreexplotar en un empleo odioso, pero que no tendría más remedio que soportar. Hablaba de las cosas que uno pensaba y no las decía sino solamente en la intimidad, con los amigos que no se volverían a ver tras ingresar a los espacios laborales.

Bolivia es un  país que ha luchado contra el racismo desde diversas trincheras. No obstante, todo ello no ha derivado en un “ser” capaz de aglutinar la identidad nacional. Bolivia no es México ni Estados Unidos. Somos, desde la década de los cincuenta, un pintoresco supermercado donde los países que se sienten dueños del mundo compran a precios de regalo todo lo que necesitan.

En Bolivia, el subdesarrollo, el empobrecimiento y la segregación han adquirido otro matiz: la baja autoestima marca el signo de todo lo que hacemos, soñamos y amamos. Somos un país culpable (hemos perdido todas las guerras en las que nos hemos visto involucrados. Teniendo todo, no tenemos nada), deliramos a causa de nuestro fatalismo geográfico (no tenemos salida al mar, estamos rodeados de montañas y cordilleras) y nuestras maneras de relacionarnos con el prójimo están teñidas de darwinismo social (cada boliviano que sienta que tiene una célula de “hombre blanco” más que el que está a su lado, se siente superior); cada región es un país, cada lengua es una barrera y cada casa es una patria. Se desconoce a los vecinos. Se los evita y se piensa que a los indígenas y a los campesinos hay que eliminar, explotarlos como a bestias de carga. Y si bien esto ha cambiado en gran medida desde que tenemos un presidente indígena, en lo cotidiano las huellas del racismo no se han borrado de las conductas de los hombres.

Ukamau y ké era una ruptura estética. Una forma sónica donde los golpes eran más fuertes que puñetes de un desconocido bajo la lluvia. Te hacía sentir que el mundo podía mejorar, que uno de verdad podía construir algo más grande que uno mismo y que valía la pena soñar. Era una sensación epidérmica, eléctrica. Te hacía levitar y pensar al mismo tiempo.

El fuego siempre estaría encendido. El fuego siempre generaría más hogueras. La Paz-El Alto, Cochabamba, Santa Cruz, siempre arderían y en ese fulgurante ambiente sabríamos, a través del hip-hop de las alturas, que el futuro no nos pertenecería nunca, pero que tendríamos siempre, siempre, un mañana.

*Christian Jiménez Kanahuaty (Cochabamba, 1982). Con la editorial Correveidile publicó las novelas Invierno (2010) y Te odio (2011). En poesía ha sido antologado en: Cambio Climático, panorama de la joven poesía boliviana (Bolivia), Changement d’ambiance panorama de la jeune poésie bolivienne. (Ginebra, Suiza), Tea Party I (Cinosargo, Chile), Traductores del silencio (Perú). En crónica, aparece en Bolivia a toda costa, crónicas de un país de ficción (Bolivia). En cuentos consta en Intravenosa número 14 (Argentina).

martes, 15 de abril de 2014

PELÍCULA ALTEÑA: CUANDO LAS FLORES HABLAN


CINE    La película se basa en ocho testimonios de mujeres de El Alto víctimas de este mal social

La película forma parte de una serie de estrategias para reflexionar sobre las consecuencias de la violencia dentro la familia. 

Fernando Peredo e Inés Copa son los protagonistas, y Henry Contreras, el director. 

El estreno del filme está proyectado para la última semana de este mes.

La capacidad del cine de ser un medio de denuncia y reflexión es utilizada por Henry Contreras en su nueva película Cuando las flores hablan.

El filme muestra casos reales de violencia intrafamiliar y las consecuencias de estos abusos, y como éstas repercuten en el círculo familiar y afectan a todos sus miembros.

Contreras explicó que el objetivo de esta producción, de casi una hora de duración, es interpelar y reflexionar sobre este mal social a través de una historia elaborada a partir de ocho testimonios de mujeres alteñas víctimas de violencia. De esa forma, el filme refleja casos reales a través de una ficción. 

La película es fruto de una investigación y un proyecto del Consejo de Salud Rural Andino y la organización Child Fund. Mabel Panoso, miembro del Consejo, explicó que la institución trabaja con programas de salud a nivel familiar, y que tras una investigación en El Alto se identificó un alto índice de casos de violencia intrafamiliar, lo que motivó a realizar materiales para generar reflexión sobre esta temática. Panoso recalcó que a un aspecto al que se le dio mucha importancia en esta producción fue el mostrar las consecuencias de la violencia y la multiplicación de sus daños en el círculo familiar. 

En ese sentido, la película forma parte de una estrategia de educación en colegios y comunidades, pues también se realizó una guía metodológica y una fotonovela.

El filme está protagonizado por Inés Copa y Fernando Peredo, quienes trabajan junto a un elenco de 16 personas. Copa indicó que La película habla de “romper el silencio, algo que muchas veces llega muy tarde”. reconoció que fue complicado el adoptar el rol de víctima de violencia y asumir esa realidad tan cruda. 

Explicó que el nombre de la película se basa en un juego de palabras, pues su personaje se llama Flor, la hija es Margarita y la amiga es Rosa, haciendo la referencia a las mujeres como flores. Puntualizó que el filme hace hincapié en las repercusiones de la violencia intrafamiliar en los hijos, convirtiéndolos también en víctimas del maltrato de pareja.

El filme fue musicalizado por Saúl Callejas y cuenta con composiciones del dúo Negro y Blanco, N Coma y Mc Grafo. El guión pertenece a Fernando Peredo y Henry Contreras.

El filme será estrenado la última semana de abril y está pendiente la confirmación de la sala de exhibición.

DENUNCIA

Con la película se busca que las víctimas de violencia intrafamiliar rompan el silencio y denuncien el maltrato.

Fuente: Cambiio, La Paz, 14-04-2014

viernes, 4 de abril de 2014

EL ACTOR ALTEÑO JUAN CARLOS ADUVIRI
PROTAGONIZA EL FILME “BOLISHOPPING”


Pantalla Pinamar 2014 fue la ocasión idónea para presentar esta producción argentina protagonizada por Arturo Goetz, Olivia Torres y el actor boliviano Juan Carlos Aduviri, muy conocido por su papel en “También la lluvía” de la española Icíar Bollaín. A través de la ficción, esta historia titulada “Bolishopping” denuncia el precario trabajo de inmigrantes bolivianos en talleres textiles de la Argentina en un régimen que en la práctica es de esclavitud. Surgida en base a una combinación de testimonios auténticos que conformaron el guión, la película está dirigida por Pablo Stigliani.

Marcos (Goetz) es un empresario clandestino de ropa que utiliza a inmigrantes procedentes de Bolivia para confeccionar tejidos que luego llevarán grandes marcas. La llegada de dos nuevos trabajadores pondrá a prueba esa relativa tranquilidad con la que opera. Juan Carlos Aduviri, actor con grandes proyectos de futuro, incluso en el terreno de la realización, nos concedió una entrevista simultánea para Cinestel y para otro medio acreditado en Pantalla Pinamar, que reproducimos:

- ¿Cuál es el grado de conocimiento que tiene la población boliviana de los problemas que representáis en “Bolishopping”?

El tema del trabajo esclavo en Argentina y en Brasil es totalmente conocido allí. Hay mucha gente que tiene familiares o estuvo trabajando tiempo en estos lugares y regresó. Son conscientes de eso pero, a pesar de todo, están resignados a ello, a ese tipo de trabajo, porque aun conociendo esas condiciones, la gente va a uno y otro país buscando mejores días.

La economía en Bolivia ha mejorado bastante en estos últimos cinco años. Ya de a poco, las posibilidades dentro del país son más importantes y la gente va entrando más en conciencia al reconocer que las condiciones eran muy malas. La película se trabajó a través de una investigación iniciada en el año 2008 y de ahí hasta la fecha, sabemos que se ha mejorado. Por parte de ambos gobiernos, argentino y boliviano, ha habido esfuerzos para mejorar estas condiciones.

Yo me encontré con muchos bolivianos acá en la Argentina en el sentido de investigar el personaje que iba a interpretar, y me contaban que sí habían mejorado bastante esas condiciones. Es cierto que hay problemas, pero una cosa singular y particular que me llamó la atención es que hay lugares de trabajo esclavo que son operados por los mismos bolivianos que emplean, como el personaje de Arturo Goetz, toda una serie de herramientas para atraer a los inmigrantes de Bolivia hacia Argentina y explotar a su propia gente. Me comentaban que la mayor explotación que se da en estos momentos es por los mismos bolivianos y es por donde hay que empezar a trabajar para solucionarlo.

- Pasaste por Pinamar con “También la lluvia” dos años atrás. A partir de entonces, “Bolishopping” es la última película que has podido rodar pero, ¿participaste en otras?

Después del filme de Icíar Bollaín tuve también la gran oportunidad de trabajar directamente con Nicholas Greene, que es un director inglés que estuvo haciendo su tesis en Bolivia para su escuela de cine en Nueva York, en un corto rodado en mi país que se llama “Salar”, que trata sobre un minero que trabaja en el Salar de Uyuni y que es un racista porque ve a gente extranjera de piel blanca e inmediatamente considera que son ladrones o explotadores. Nos gustó mucho ese personaje y el cortometraje quedó muy bien, hizo festivales por todo el mundo, ganamos un montón de premios y estuvimos muy cerca de salir nominados al Oscar en la categoría de mejor cortometraje, pero quedamos en el camino.

Luego de eso, hice un pequeño corto con Rodrigo Bellot, uno de los mejores directores bolivianos, un gran cineasta latinoamericano, y a continuación de eso hicimos “Bolishopping”. No hice más, porque como mencionaba en la conferencia de prensa aquí en Pinamar, no soy muy atractivo en el mercado boliviano y eso es muy peculiar porque yo siempre he peleado por ser un realizador más que un actor. Me he preparado mucho tiempo. Entonces, busco ser conocido más como director de cine.

De pronto, ese esquema de situación tiene que ver un poco con lo egos, que allá en Bolivia pegan muy fuerte en el medio cinematográfico y a los compañeros realizadores les molesta que tú quieras incursionar en esa faceta profesional. Es difícil para mí describir esa situación. Afuera, en cambio, el realizador extranjero tiene otra visión distinta, no quiero decir que mejor, distinta solamente, pero funciona mejor ahí afuera.

- Has mencionado en Pantalla Pinamar que tienes dos proyectos fílmicos. ¿Puedes adelantarnos de qué tratan?

Yo he venido trabajando, como ven, en películas de temáticas muy sociales, incluso en los cortometrajes en los que intervine, y en Bolivia se está haciendo un tipo de cine muy extremo. Están los realizadores que piensan que con ese tipo de largometraje van a inventar algo nuevo en cine y hacen una locura que otra; y están los otros directores que piensan que necesitan tener dinero para poder hacer cosas como chicanerías y obras muy populacheras, y entre medio, un par de cineastas bolivianos muy buenos que están haciendo unas películas muy equilibradas.

Yo creo que el cine boliviano necesita espectacularidad, dinamismo y una nueva alternativa. En mi caso, estoy trabajando con dos géneros muy comerciales, uno es un largometraje de zombies, pero lo que estamos haciendo con el guión es que, a través de esta historia, tratar de denunciar otras cosas a partir de ello en ese cine que siempre habla de los cataclismos y del fin del mundo. Ese guión, que ha sido trabajado durante varios años, habla de cómo todo lo que hacemos nos está llevando a eso. Somos una sociedad que cada vez se degenera más y que atenta contra su medio ambiente. Eso va a llevar a ese cataclismo. Entonces, estamos buscando hacer una película muy entretenida, muy dinámica, con un profundo mensaje. Una denuncia a nuestra sociedad humana.

- ¿El trasfondo sería boliviano? ¿Tendría alguna crítica política?

No estoy yendo mucho por la política sino más bien por la conciencia de estar atentando contra nuestro propio medio de vida que es la naturaleza. En el otro proyecto sí que estamos entrando ya un poco en temas políticos, en el tema del narcotráfico que es muy fuerte en Bolivia. Hay una cultura de a poco del narcotráfico, hay quien tiene muchas ganancias económicas con ese tema y el gobierno está claro que está haciendo esfuerzos muy grandes por acabar con eso, pero el problema sigue y continúa. El filme va en esa dirección y en la de los crímenes que hay relacionados con ello.

Igualmente quiero que sea muy dinámico y una cosa que veo en Bolivia es que no estamos trabajando mucho con los actores, no estamos dando oportunidad a nuevos intérpretes y no hay escuelas de actuación para cine.

- ¿Tú cómo te instruiste actoralmente?

Yo desde que soy muy niño veo muchas películas, siempre soñé ser director y como veía películas de fuera y bolivianas, me di cuenta de que habían muchas deficiencias en la actuación dentro del cine boliviano, entonces es como yo empecé a querer entender cómo un buen actor alcanza a ser un buen actor y a partir de ahí empecé a ver y teorizar mucho, a anotar bastante, apuntes, ver por qué se mueven, y ésa termina siendo mi escuela de actuación: ver mucho y desarrollar toda una teoría de cómo debería ser un actor. Cuando se me dio la oportunidad de en “También la lluvia” actuar, simplemente puse en práctica todo lo aprendido. Soy totalmente autodidacta y a partir de ahí he desarrollado un sistema para enseñar actuación de cine. Este año he pensado hacer dos talleres grandes allá en Bolivia, tratando de impulsar a esos talentos que tenemos muchos en el país, y poderlos capacitar.

Fuente: Cinestel, José Luis García, 24/03/2014

miércoles, 26 de marzo de 2014

EL SEGUNDO ALTAR EN LA CURVA DEL DIABLO


Por: Víctor Montoya

De un tiempo a esta parte, atraído como siempre por las creencias y leyendas urbanas, me di una vuelta por el nuevo altar en la Curva del Diablo, que desde hace más de un año se encuentra enfrente del primero. Es cuestión de cruzar la carretera de la Autopista para internarse en una zona boscosa, por donde pasa un pequeño río, y dar con el tabernáculo de adoración a Satanás, que tiene una altura de aproximadamente dos metros y una estructura parecida a una cueva.

Lo cierto es que una vez que el primer altar en la Curva del Diablo fue destruido con una excavadora por órdenes de la municipalidad de La Paz, arguyendo que allí se realizaban conjuros de brujería y ritos satánicos, los fieles adoradores del príncipe de las tinieblas no demoraron en trasladar sus ofrendas a este sitio montañoso de la misma zona, donde prosiguieron con las ch’allas y las k’oas en honor del diablo que, según la visión de sus devotos, no sólo representa a las fuerzas del Mal, sino también a los espíritus del Bien.

Alrededor del pedregoso altar, que no presenta la imagen tallada de un diablo en roca como en la de enfrente, están esparcidas cenizas de fogatas, restos de velas blancas, negra y verdes, hojas de coca, botellas plásticas de alcohol, latas de cerveza, colillas de cigarrillos, masitas dulces, mixtura y, para completar el escenario, una botella de vino tinto, en cuya etiqueta se lee: “Vino para ch’allar a la Pachamama”.

Otras pruebas de que aquí se realizan ofrendas y rituales, casi siempre después del ocaso, preferentemente los días martes y viernes, son los olores a coca, alcohol e incienso, que parecen haberse perpetuado al pie del nuevo altar, donde se encuentran pedazos de ropas quemadas, debido a que no faltan personas que, cargadas de bateas y baldes con agua, lavan las prendas de sus difuntos y las queman al amparo de la noche.

Para algunos, el diablo que apareció en esta zona, desde antes de que se asfaltara la Autopista, tiene las mismas características que el Tío de la mina, quien exige tributos tanto para él como para la Pachamama. En cambio para otros, estos altares en la Curva del Diablo sólo sirven para practicar rituales satánicos y ejecutar sortilegios de brujería; más todavía, no pocos piensan que las personas que ostentan poder económico, y que lo demuestran a través de suntuosas joyas y autos de lujo aparcados a un costado de la carretera, vendieron su alma al diablo a cambio de riquezas.

Las personas que transitan por la Autopista, cerca del altar y a cualquier hora del día, cuentan que no es raro ver a gente rezándole al diablo, como suplicándole que los ayude en los negocios, la vida personal y profesional. Entre sus fieles se encuentran los comerciantes y transportistas, quienes, debido a los accidentes que se registraron a la altura de la Curva del Diablo, acuden a pedirle protección, convencidos de que los accidentes no se deben a fallas técnicas ni humanas, sino a los enojos del diablo, quien suele castigar de manera cruel a los que reúsan entregarle ofrendas para saciar su sed y su hambre.

“Por eso le rendimos culto, porque es como un dios que nos ampara de los peligros y evita que muera mucha gente”, declaró un chófer que, pijchando hojas de coca y rociando aguardiente alrededor del altar, no dudaba en que el diablo tenía poderes sobrenaturales y que sus vibraciones se sentían a varios metros a la redonda. Luego añadió: “Él fue también en su época un ángel bello y poderoso, y sólo porque quiso ser más que Dios, lo condenaron al infierno y lo mandaron para abajo”.

Está claro que en este lugar se dan cita personas de distintas condiciones sociales, desde los profesionales de vida convencional hasta los “cogoteros” más avezados. Asimismo, es un nido de alcohólicos, prostitutas y delincuentes del más diverso calibre, acostumbrados a cometer robos a mano armada y a plena luz del día. No en vano la policía recibe denuncias de personas que fueron asaltadas por los maleantes de caras cubiertas con pasamontañas y armados con pistolas, cuchillos y machetes.

La Curva del Diablo es también frecuentada por individuos que, cada primer viernes del mes, sacrifican animales en un ritual supuestamente satánico. Se trata en su generalidad de adolescentes que, ataviados de negro y portando amuletos que simbolizan los poderes de Satanás, celebran una suerte de misas negras, más con fines de entretenimiento y rebeldía, que por una convicción relacionada con los verdaderos ritos que emulan o parodian a la misa cristiana.

En las ceremonias esotéricas, de acuerdo a los testigos, se invierten todos los signos cristianos por signos satánicos y, en lugar de consagrar el pan y el vino, se consagra la sangre de un animal sacrificado, con la finalidad de reafirmar la naturaleza salvaje del ser humano. En consecuencia, no es casual que en el lugar se adviertan huellas de animales sacrificados en honor de Satanás.

Los adolescentes involucrados en estos actos esotéricos, en los que exhiben el pentagrama invertido, actúan inspirados por las bandas del género musical derivado del “Heavy Metal”, llamado también “Black Metal”, cuyos integrantes no sólo se definen como satánicos, sino que interpretan músicas estridentes, acompañadas de textos que exaltan los ideales de rebelión, anarquía, desacato a la autoridad y blasfemias del anticristo.

No se descarta el hecho de que estos adolescentes presenten problemas psicosociales o sean adictos a ciertas sustancias controladas, como el alcohol y las drogas, y que su conducta de apostasía sea el resultado de la marginación social en la que viven. Tampoco se excluye la posibilidad de que algunos de ellos se definan como adoradores de Satanás y que incluso hayan leído la “Biblia satánica” del ocultista Anton Szvandor Lavey.

De todos modos, el luciferismo, a diferencia del satanismo, puede entenderse más como un sistema de creencias que venera las características esenciales adheridas a Lucifer. Las personas que adoran y rinden pleitesía a Satanás, como a una deidad mitológica contraria a las concepciones religiosas, identifican a Lucifer como el portador más liviano y positivo del satanismo, debido a que Lucifer, en cierta medida, es un personaje que encarna algunos aspectos profundos del subconsciente colectivo.

Sin embargo, cabe remarcar que la mayoría de las personas, en lugar de ver al diablo como a un ente malhechor, lo ven como al Tío de la mina que, siendo dios y diablo a la vez, es un ser protector y benefactor. De ahí que no es casual que los mineros relocalizados, que hoy forman parte de la urbe alteña, conformen un estamento especial en la Curva del Diablo, ya que ellos son quienes más ch’allan y k’oan al pie del altar, pidiendo que el Tío haga realidad sus sueños y deseos.

Quizás por eso una  mujer, entrevistada por la prensa paceña, manifestó que ella asistía a la Curva del Diablo para agradecerle al Tío por los favores que recibió en su vida. “Aunque no soy adoradora del Mal –dijo–, vengo con mucha fe ante el Tío, porque él me cumplió muchas cosas. En mi vida han pasado muchas cosas malas, tenía mucha pena y él me ayudó a aliviarla con sus poderes mágicos”.

Otro testimonio da cuenta de que el Tío no es malo sino milagroso, que protege a los necesitados, a quienes son víctimas de maldiciones, a quienes padecen de enfermedades terminales o sufren de otros males. “A mí me ayudó mucho. Era alcohólico y ahora dejé la bebida gracias a él”, confesó un joven alteño, mientras ch’allaba y prendía una vela blanca como retribución por el apoyo y los presuntos favores recibidos.

Las supersticiones, casi siempre contrarias a la fe religiosa y la razón, son inherentes a la mentalidad ecléctica de una gran parte de los habitantes de la ciudad de El Alto, donde se ensamblan las concepciones católicas con las visiones paganas de las culturas ancestrales, que sostienen la creencia de que las deidades del subsuelo, como es el caso del Supay (diablo), no sólo tiene atributos de maldad, sino también de bondad, exactamente como el Tío de la mina, a quien los trabajadores le rinden pleitesía tributándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.

A poco de retirarme del lugar, donde la gente se reúne como por arte de hechicería, sólo atiné a pensar en que a las autoridades de la municipalidad no se les ocurra, como en el año de 2011, destruir con una excavadora mecánica este segundo altar, porque los peregrinos a la Curva del Diablo no se darán por vencidos y, en menos de que cante un gallo, construirán un nuevo altar en algún otro sitio de la Autopista que conecta a ciudad de La Paz con El Alto, convencidos de allí donde manda el diablo no manda Dios y mucho menos las autoridades ediles de la sede de gobierno. 

miércoles, 19 de marzo de 2014

ANTONIO PAREDES CANDIA, UN AUTOR CON ALMA DE NIÑO

Por: Víctor Montoya

Este autor paceño, que por voluntad propia se alteñizó, nació el 10 de julio de 1924 y falleció el 12 de diciembre de 2004. Escritor, titiritero y folklorista. Dedicó su vida al estudio de las culturas y tradiciones de Bolivia. Se cuenta que procedía a una familia de intelectuales; su padre, Rigoberto Paredes, fue un connotado historiador, y su madre, Doá Haydee Candia Torrico, una gran lectora de la literatura universal. Estudió en el colegio Ayacucho de La Paz y en el Sagrado Corazón de Sucre. Abandonó sus estudios universitarios y se dedicó a recorrer por el territorio patrio, con el afán de rescatar y recopilar las creencias y tradiciones folklóricas que los pobladores conservan en la memoria colectiva y la tradición oral.

La gente lo conocía como librero ambulante, fundador de la Editorial Isla, miembro de la Sociedad Boliviana de Bibliografía y Folklore, y gestor de varias ferias populares de libros, teniendo como base su quiosco en el paseo de El Prado. En su juventud, ganado por el mundo del teatro, se dedicó a adaptar las obras de los autores clásicos para representarlas en las plazas de los pueblos junto a su compañía de títeres “El K’usillo”.

Este fecundo escritor, de colita plateada en la cabeza, bufanda al cuello y bastón en mano, recibió en vida distinciones del Congreso Nacional de Bolivia, la Orden de Marcelo Quiroga Santa Cruz, la Medalla al Mérito Cultural del gobierno boliviano. Asimismo, fue investido Doctor “Honoris Causa” por la Universidad Privada Franz Tamayo.

Antonio Paredes Candia, que tenía el corazón de niño grande, jamás dejó de jugar con sus títeres ni de fantasear con el mundo fantástico -pero a veces cruel- de los niños del campo y las ciudades. A ellos les entregó su cariño incondicional y lo mejor de su arte, compuesto por mitos, leyendas, fábulas, cuentos y novelas breves, que son verdaderas joyas literarias a las que deben tener acceso los niños y los adultos.

Entre sus novelas breves destacan "Zambo Salvito", la dramática historia de un niño afroboliviano, quien se convierte en un criminal temido y legendario. Luego está la "Historia de la bella Elena" y "El molino quemado"; obras en las cuales los niños son los protagonistas principales, como en “Ellos no tenían zapatos”, que retrata la cruda realidad de los niños trabajadores de El Alto, que bajan a La Paz para ganarse el pan del día lustrando calzados en la calle.

Algunos de sus libros se usan como textos escolares de fácil lectura y conocimiento de la realidad social de los bolivianos. Él mismo, en un diálogo que sostuvo con Ramiro Calasich, explicó cuáles eran sus motivaciones y cuál era el proceso de su producción bibliográfica: “Hay dos formas en las que trabajo: el trabajo de investigación y el de escribir pequeños novelines. El trabajo de investigación lo realizo  lentamente, con decir que mi libro ‘La Chola Boliviana’ ha durado más de veinte años de investigación. Voy reuniendo el material publicado sobre el tema hasta que es más o menos aceptable; luego analizo y organizo fichaje, si veo algunas lagunas, dejo para el siguiente año (…) Después empieza mi propia investigación hasta obtener todo lo que me he propuesto. Mis trabajos son de primera mano, recogidos in situ, directamente del pueblo. Tengo la suerte de ‘chamuscar’ un poco el aymara y el quechua, así que consigo la información en el propio idioma (…) Los novelines reflejan los problemas que capto a través de mis viajes y de mi contacto directo con el pueblo. Los datos se van acumulando, el tema está en mi cabeza durante mucho tiempo, dando vueltas y vueltas. Llega el momento en que se atasca en mi garganta y entonces tengo que escribir, sino me ahogo (…) Todos mis trabajos tienen el mismo sentido: denunciar, mostrar la realidad en que vive el pueblo boliviano…”.

Este entrañable autor, aunque era viejo, tenía el alma de niño por dentro, un niño que jamás dejó de asombrarse ni maravillarse por las luces y las sombres de la vida. No en vano se dice que Antonio Paredes Candia, que tenía siempre la mirada puesta sobre la realidad triste de la niñez desamparada, logró acercarse al mundo de los pequeños lectores con una prosa sencilla pero altamente significativa. En sus cuentos populares, además de leerse historias de cholas y cuentos de curas, se recogen temas de espanto y aparecidos, y otros referentes a los animales como el Atoj Antonio y el Cumpa Conejo, que son dos de los personajes centrales de las fábulas populares.

No es menos conocida su faceta como mentor de la juventud boliviana, con cuya actitud rebelde y altiva se identificó toda su vida. No es casual que en 1990, en el umbral de sus 70 años de edad, le confesó a Lupe Cajías: “Me llevo bien con los jóvenes porque nunca me aferré a lo antiguo, entiendo los cambios sin perder mis principios. Tampoco me hago el joven porque eso sería ser un payaso. Viví el candor de la niñez, la locura y los errores de la juventud. De adulto uno se asienta y en la vejez se vive la serenidad y cierta sabiduría. Tengo ganas y me duele la muela, tengo más frío que antes pero aún tengo fuerzas para andar muchos caminos…”.

Tras su muerte, en homenaje a su gran calidad humana y en reconocimiento a su indiscutible aporte a la cultura nacional, varias instituciones educativas llevan su nombre, como el primer Museo de Arte que él fundó en la ciudad de El Alto, donde dejó su legado intelectual y fue enterrado en presencia de familiares y amigos.

Su obra

Antonio Paredes Candia fue autor prolífico. Escribió más de 113 libros y dejó varios inéditos. Aquí menciono sólo algunos: Tradiciones: Literatura folklórica recogida de la tradición oral boliviana (1950); Literatura folklórica (1953); El folklore en la ciudad de La Paz: dos fiestas populares, el carnaval y la navidad (1957); La danza folklórica en Bolivia (1966); Juegos, juguetes y divertimientos del folklore de Bolivia (1966); Brujerías, tradiciones y leyendas (tomo I, 1969, t. II, 1970, t. III, 1972, t. IV, 1974, t. V, 1979 y t. VI, 1985); Diccionario mitológico de Bolivia. Dioses - Símbolos - Héroes (1972); Las mejores tradiciones y leyendas de Bolivia (1973); Tradiciones de Bolivia (t. I, 1976 y t. II, 1997); Adivinanzas de doble sentido (1976); Fiestas populares de Bolivia (t. I y II, 1976); Refranes, frases y impresiones populares de Bolivia (1976); El apodo en Bolivia (1977); Adivinanzas bolivianas (1977); Las Alasitas (1982); Leyendas de Bolivia (1986); Isolda (La historia de una perrita) (1996); Juegos tradicionales de Bolivia (1998); Folklore y tradición referente al mundo animal (2002); El castigo. Tradición y folklore (2003); Diccionario del saber popular (2 v., 2004). Cuento: El queso de Suttu (1955); El banquete celestial (1955); La mina de Flores (1955); El cántaro de manteca (1955); Los botones de oro (1955); El Willaco (1955); El Chullupia (1955); Cuentos populares bolivianos. De la tradición oral (1973); Cuentos Kjuchis (1978); Cuentos bolivianos para niños (1984); Cuentos de maravillas para niños (1988); Mis cuentos para niños (2004). Novela: Zambo Salvito (1982); Aventuras de dos niños (1986); Ellos no tenían zapatos (1989); Los hijos de la correista (1990); El molino quemado (1993); La bellísima Elena (2003); El muro imilla (2004). Teatro: Selección de teatro boliviano para niños (1969); Teatro boliviano para niños (1987); Teatro de guiñol (2003). Antología: Antología de tradiciones y leyendas de Bolivia (tomo I y II, 1968 y t. III, 1969); Poesía popular boliviana (1981)

martes, 18 de marzo de 2014

PRIMER FORO DE POETAS BOLIVIANOS EN EL ALTO


En el marco de la celebración del Día Mundial de la Poesía que se recuerda el 21 de marzo, el Centro Albor Arte y Cultura desarrollará la décima jornada por los Derechos Humanos y la Poesía, con la realización del Primer Foro de Poetas Bolivianos, declarado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, (Unesco) en 1999.

El director del Centro Albor de la ciudad de El Alto, Willy Flores, manifestó que en coordinación con el Ministerio de Culturas y Turismo, la Defensoría del Pueblo de El Alto, de los Gobiernos Autónomos Municipales de El Alto y La Paz, y el Museo de Arte Antonio Paredes Candia, se realizarán diferentes actividades literarias, a partir del 19 al 21 de marzo y contará con la participación de destacados poetas bolivianos, como Sergio Gareca, Homero Carvalho, Jaime Nisttahuz, Rosario Aquim y Javier Aruquipa.

En ese sentido se desarrollará el Primer Foro Poético “Encuentro Plurinacional de Poetas”, con renombrados bardos que llegarán desde otras ciudades del país para participar de este importante evento que está dentro del programa Suma Thakhi II (Buen Camino), un emprendimiento de Albor y la cooperación logística de la organización sueca Slavorna.

Flores acotó que se pretende reunir en este foro a varios poetas bolivianos a fin de conocer más respecto a su trayectoria, experiencias, y el rol que desempeña en la sociedad boliviana.

“El objetivo de estas jornadas es integrar a niños y jóvenes en el arte poético para que la población pueda alimentar su espíritu poético. La poesía es un arte que vive y crece con nosotros”, dijo Flores.

PROGRAMA

El miércoles 19 se efectuará el Coloquio sobre los Derechos Humanos y Valores Culturales, en el Museo Antonio Paredes Candia, al que está prevista la asistencia de Humberto Quino, Clemente Mamani, Rosario Aquim y Javier Aruquipa

El jueves 20 se llevará a cabo la Feria Educativa y Artística en la plaza Libertad en la ciudad de El Alto, en la que participarán estudiantes de 20 colegios de esa urbe, con la presentación de murales informativos, lectura de poemas y declamación; además de la participación de instituciones activistas de Derechos Humanos y Derechos Sexuales. Esta feria se iniciará a las 09.00.

Por la noche, desde las 19.00 horas, en el Teatro Municipal Raúl Salmón de la Barra, se desarrollará el Recital poético, con la participación de elencos del Centro Albor, de la Academia de Interpretación y Expresión Oral “Ignacio Duchén de Córdova”, Academia Bolivia, y del Pregonero del Ande, Carlos Silva.

Finalmente, el viernes 21, en el Patio del Ministerio de Culturas y Turismo, se realizará el Primero Foro Poético – Encuentro Plurinacional de Poetas, con la participación de destacados bardos del país. Entre los invitados están de Oruro, Sergio Gareca; de Cochabamba, Víctor Salvador; de Santa Cruz Homero Carvalho, y de La Paz, Humberto Quino, Jaime Nisttahuz y Rosario Aquim. Comenzará a las 09.00 horas.

A las 7 de la noche, se llevará a cabo el Coloquio titulado “Por el derecho al placer y la poesía”, referido a los Derechos Humanos desde la dimensión sexual, al que asistirán poetas de movimientos heterosexuales y de la Organización GLBT (gays, lesbianas, bisexuales y travestis).

Con estas jornadas por los Derechos Humanos y Derechos Sexuales se celebrará el Día Mundial de la Poesía, rindiendo un homenaje a todas aquellas personas que sólo con la palabra intentan mejorar el mundo.
MONTOYA RECONOCIDO POR SEGUNDA VEZ EN LLALLAGUA


El pasado viernes 14 de marzo, en el Salón Mauricio Lefebvre, se presentó el libro “Conversaciones con el Tío de Potosí”, ante una nutrida concurrencia de autoridades y público en general. En el mismo acto se efectuó la instalación e inauguración del Juzgado de Instrucción Mixta y Cautelar No. 3 en la ciudad de Llallagua, donde hicieron uso de la palabra varias autoridades locales y departamentales; el Magistrado del Tribunal Supremo de Justicia Pastor Segundo Mamani, el Alcalde de Potosí René Joaquino y el Alcalde de Llallagua Tomás Quiroz.

El escritor Víctor Montoya, en su extensa elocución, se refirió al contenido de su libro “Conversaciones con el Tío de Potosí”, no sin antes agradecer a las personas que hicieron posible su publicación. En su efusiva intervención, que arrancó aplausos en el auditorio, recordó sus años como dirigente estudiantil en el Colegio 1ro. de Mayo y las luchas sociales libradas por los trabajadores mineros contra las dictaduras militares.

Asimismo, el escritor boliviano fue distinguido por segunda vez consecutiva por el Honorable Concejo Municipal. En el acta, estampada en el diploma, se destaca: “Es justo testimonio en el marco de la equidad y la justicia el reconocimiento a personas e instituciones notables, que de manera desinteresada dejan huellas en nuestro Municipio, consolidando nuevos lazos de amistad. De acuerdo al Capítulo IV, art. 7 del Reglamento de Honores y Condecoraciones del H. Concejo Municipal, se reconoce a los ciudadanos llallagueños que hayan destacado por sus eminentes servicios en orden profesional, cultural o social prestado a favor de nuestro Municipio de Llallagua como en el presente caso.

Por lo tanto, el H. Concejo Municipal de Llallagua, en uso a sus específicas atribuciones que le confiere la Constitución Política del Estado, Ley de Gobiernos Autónomos Municipales y de consenso mutuo del pleno del Concejo Municipal de nuestra comuna, resuelve:

Art. 1ro.: CONDECÓRESE AL Lic. Víctor Montoya, como ‘CIUDADANO NOTABLE’ DEL MUNICIPIO DE LLALLAGUA, por su valioso aporte como escritor (…), y cuyo nombre debe ocupar un sitial importante entre las personas Destacadas de Nuestra Región Minera”.

Por el H. Concejo Municipal del Gobierno Autónomo Municipal, firman la Distinción Especial: Sr. Isaac Rodríguez Valverde, H. Presidente del Concejo Municipal, Arminda Mamani Colque, H. Concejal Secretaria, y Tomás Quiroz, H. Alcalde Municipal de Llallagua.

lunes, 17 de marzo de 2014

UN APARAPITA PARA LA PACHAMAMA


Por: Víctor Montoya

El aparapita* era un hombre taciturno y estaba casi siempre callado, como si escondiera un insondable secreto en el fondo de su alma. No tenía familia ni hogar, por eso dormía donde le pillaba la noche, después de haber bebido hasta no poder más.

Su aspecto era como la de cualquier otro aparapita; tenía el rostro sucio y lleno de cicatrices, el pelo desgreñado y una rala barba en la perilla; su indumentaria, confeccionada con todo tipo de materiales remendados con hilo, cordel, lana, cable eléctrico, cordón de zapatos o tiras de cuero, parecía curtida por la mugre, la grasa y el polvo; sus zapatos, envejecidos de tanto bajar y subir por las calles de la ciudad, apenas tenían suela y estaban remachados a la altura del empeine con alambres y ganchos.

Sus únicos bienes, con los que se acostaba y despertaba todos los días, eran un saquillo de yute, una soga de cinco metros y una bolsa nylon para cubrirse de la lluvia. Por las mañanas, su ración hasta el mediodía era una cuarta libra de coca y una botellita de alcohol puro, que él se lo metía entre pecho y espalda antes de irse a la feria popular de la Ceja, donde llegaban los camiones para descargarlos y donde pululaban los comerciantes que, una vez que compraban a buen precio los productos agrícolas de los mayoristas, pedían a los aparapitas cargar sus enormes y pesados bultos sobre la espalda, olvidándose que son seres de carne y hueso, así se ganen el plato de comida como si fuesen bestias de carga.
El aparapita se paró en una esquina, a la espera de que alguien lo abordara y le pidiera cargar sus bultos. No pasó mucho tiempo, hasta que una chola de mediana edad, vestida con ropa elegante y forrada con joyas de fina orfebrería, se le acercó por el flanco y, enseñándole una sonrisa salpicad en oro, le preguntó:
–¿Quieres ganarte unos pesos?
–Sí, señora –contestó en voz baja, casi inaudible.
–Entonces llévamelo aquel bulto –le dijo, señalándole el lugar donde estaba un gangocho lleno de papas y cereales.
–Sí señora –repuso él, sin despegar la mirada del suelo.
Al cabo de un rato, ajustó la soga alrededor del gangocho, se sentó en el suelo, ciñó la carga contra su espalda y anudó los cabos de la soga a la altura de su pecho. Aspiró a pulmón lleno, se apoyó sobre una mano y, dejando escapar un “¡Uf!” por la boca, se levantó con el rostro fruncido por el esfuerzo.  
–Por aquí –dijo la señora, indicándole el camino.
Él se limpió el hilo de coca que le corría por la comisura de los labios y se puso en marcha siguiendo los pasos de la señora. A ratos, bajo el enorme peso de la carga, parecía hacer equilibrios para evitar los desniveles de la acera, ya que un traspié podía traerle consecuencias graves, como lesionarse la columna o desgarrarse el tendón de Aquiles.
El aparapita sabía que lo importante era inclinar el tronco hacia adelante, lo demás dependía de su fortaleza física y de las mañas que aprendió durante los años que trabajó como cargador en los mercados Rodríguez, Yungas, Lanza, Camacho y El Tejar, donde, a cambio de unas miserables monedas, cargaba saquillos quintaleros con productos agrícolas llegados de Los Yungas y del Chapare. No faltaban los días en los cuales tenía que caminar veinte cuadras de subidas y bajadas, llevando a cuestas varias sillas a la vez, mesas, camas, roperos y hasta refrigeradores, con un peso que no soportaría ni el lomo de una mula. Lo peor es que al final, se negaban a pagarle lo justo. Y si él les ponía el precio, corría el riesgo de que le echen en cara una sarta de insultos o, simple y llanamente, le griten: “¡Cómo pues tan caro, ni que fueras pues auto, indio de mierda!”.
Cuando el aparapita llegó a la casa de la señora, tras haber caminado varias cuadras con el bulto sobre la espalda, lo primero que le llamó la atención fueron los lujosos muebles que ornamentaban la antesala y las zanjas que se veían a través de la ventana en el extenso terreno del patio.
El aparapita se puso de cuclillas, asentó la base del gangocho en el piso, desató los cabos de la soga y se incorporó con los músculos adoloridos en la espalda, brazos y hombros.
La señora se quitó el sombrero y la manta, le hizo pasar a la cocina y le ofreció los restos de comida que tenía en el refrigerador.
El aparapita actuó confundido por el trato amable que le dispensaba la señora, pues jamás nadie le había invitado a pasar a su concina y mucho menos para invitarle un plato de comida, así fuera del día anterior.
–Sírvete nomás –le dijo con una sonrisa que dejaba entrever su dentadura salpicada de oro.
El aparapita comió en silencio, como si el “k’oñichi” fuera un delicioso manjar. La señora sacó un vaso de cristal de la vitrina y lo llenó con un poco de singani y otro poco de limonada.
–Aquí tienes, sírvete nomás –le dijo, alcanzándole el vaso.
Él cogió el vaso y, sin respirar ni gesticular, se lo vació de un solo trago.
Al poco rato, mientras se servía el segundo vaso, entró en la cocina el marido de la señora; un hombre trajeado como los abogados, de contextura robusta, cara mofletuda, nariz purulenta, cabellera hirsuta y piel oscura.
–¿Cómo te fue en la feria? –le preguntó a la señora, con un tono de mando.
–Muy bien –repuso ella, y añadió–: Ya tenemos todo listo para la “ch’alla” de mañana.
–¡Ajá! –dijo el hombre, se volvió y salió de la cocina.
La señora llenó otra vez el vaso y el aparapita empezó a sentir los efectos del alcohol, hasta que, olvidándose de todo y todos, se quedó dormido en la silla, con la cabeza caída sobre el pecho y los brazos cruzados sobre la mesa.
Ese fue el momento en que los dueños de casa aprovecharon para hablar sobre la “ch’alla” del día siguiente. Entraron en el dormitorio, la señora se sentó en el filo de la cama y dijo:
–Mañana, muy tempranito, vendrá el “yatiri” peruano para “ch’allar” la nueva construcción. Ya le pagué por adelantado.

–Está bien –dijo el hombre que permanecía de pie, cerca del dintel de la puerta.

–Quiero que esta vez, además de tributarle a la Pachamama alimentos, bebidas, hojas de coca, alcohol y otros, sacrifiquemos también a un ser vivo.

–¿Cómo así? ¿Te refieres a sacrificar una llama, un cordero o un perro de la calle?

–No seas zonzo –reprochó ella, meneando la cabeza y frunciendo el ceño–. Como ahora la construcción del nuevo edificio nos saldrá más costosa, lo mejor será sacrificar una vida humana en honor de la Pachamama, para que ella se quede satisfecha y a nosotros nos vaya bien en todo.

–¿Y en qué vida humana estás pensando? –preguntó el hombre–. No me dirás que en el aparapita...

–Y en quién más pues, zonzo –contestó la mujer, como si ya todo lo tuviera planificado–. En vez de que se muera como un perro en la calle y un carro basurero lo tire en algún terreno baldío, lo mejor será dárselo a la Pachamama.

–Tienes razón –corroboró el hombre–. Su cuerpo sacrificado, junto con la coca y el alcohol, será bien recibido por la Pachamama. Peor sería que el aparapita se muriera después de ir a uno de esos antros clandestinos, donde algunos deciden acabar con su vida por voluntad propia. Dicen que se hacen encerrar en un cuarto, con la puerta asegurada con candados y cadenas por afuera, con varios litros de alcohol puro, que ellos toman hasta morir y terminar con el cuerpo tirado en la calle.

–Así es, pues –dijo la señora–.Los aparapitas, que beben y beben de manera autodestructiva, como si quisieran arrancarse el alma del cuerpo, son hijos de nadie y basuras de la ciudad. Nadie sabe quiénes son ni de dónde vienen. Aparecen y desaparecen de la ciudad sin dejar rastro alguno. Nadie reclama ni siente pena por ellos. Por todo eso, no está mal que a este aparapita le demos como ofrenda a la Pachamama. Él mismo, algún día, nos lo agradecerá desde el más allá. ¿Qué te parece?

–¡Me parece bien! –repuso el hombre, a tiempo de aflojar el nudo de su corbata–. Entonces mañana lo sacrificaremos después de “ch’allar” la nueva construcción, pero esto quedará como un secreto sólo entre nosotros y los albañiles...

Al día siguiente, cuando el “yatiri” peruano y los albañiles ingresaron al patio, donde debía celebrarse la “ch’alla” de la nueva construcción, el aparapita fue despertado por las voces, se levantó de la silla y, desconcertado por no saber qué hora era ni dónde estaba, se dispuso a marcharse de inmediato, pero los dueños de casa le dijeron que se quedara un ratito más, porque le tenían preparado un suculento “fidius uchu”. El aparapita volvió a sentarse, comió el “fidius uchu” relamiéndose los dedos y se sirvió otro vaso de singani con limonada que, en lugar de mitigarle su “ch’akiy”, le subió otra vez a la cabeza.

El aparapita, a poco de chispearse y perder la cordura, pidió más singani para beber. Los dueños de casa aprovecharon el pedido para preparar un “trencito” en una bandeja de plata, con ocho copas que contenían una variedad de bebidas alcohólicas, unas más fuertes que otras. El aparapita vació las copas con la ansiedad de un beduino en el desierto, hasta que perdió el conocimiento y se quedó dormido en un rincón de la antesala, encima de un camastro preparado con cueros de ovejas.  

El “yatiri” peruano, un hombre que tenía la facultad de leer el destino de los hombres en las hojas de la coca, preparó todo lo necesario para iniciar el ritual mágico-religioso de la “ch’alla”, rodeado por los dueños de casa y los albañiles que, sentados sobre unos ladrillos apilados, estaban listos para seguirle al “yatiri” en la ceremonia, que los conquistadores quisieron extirpar de la tradición andina por considerarla diabólica, sin considerar que el “yatiri”, además de  mantener el equilibrio entre lo conocido y lo desconocido, entre lo palpable y lo impalpable, es una suerte de médium en la cosmogonía andina; conocedor de la naturaleza, la vida y la muerte.

El “yatiri”, portador de las creencias y la sabiduría ancestral, que se conservan en la memoria colectiva y se trasmiten por medio de la tradición oral, distribuyó un puñado de hojas de coca a cada uno, para empezar con el “akullico”, a manera de integración e intercambio entre los presentes en la ceremonia.

No dejó pasar mucho tiempo y se acomodó  en su lugar para predecir el futuro del edificio mediante la lectura de la coca. Las hojas fueron lanzadas al aire una a una y una a una cayeron sobre el “tari”. El yatiri leyó el mensaje y dijo:

–Les irá bien en la construcción y el edificio les dará muchos beneficios–. Luego miró la hoja que cayó a un costado, la señaló con el dedo índice y añadió–: Esta hoja me dice que una persona vivirá como condenada en el edificio…

Todos se miraron a los ojos, en silencio, y nadie dijo nada.

Pasado un tiempo, el “yatiri”, como atrapado en un estado de trance, cerró los ojos, levantó las manos y rogó al “jach'a ajayu”, y a las deidades que habitan en las casas y velan por el bienestar de la familia, proteger a los albañiles durante el proceso de la construcción del edificio. Asimismo, pidió que atraigan sobre sus dueños toda clase de bienes y venturas materiales y espirituales, alejándolos de los maleficios de los “layqas”.

Después, como parte central de la ceremonia, preparó la mesa blanca, con bebidas y comidas, que debían ser compartidas, en reciprocidad y gratitud, con las divinidades andinas, lo mismo que la quema de la “k'oa”, que se consumía poco a poco en el fuego, echando un humo denso y colorido. En palabras del “yatiri”, el humo de la “k'oa”, integrada por “sullus”, sangre, hierbas aromáticas, confites y otras esencias, debía llegar hasta los seres tutelares, quienes lo recibirían para aplacar su sed y su hambre.

Durante la “ch’alla” de la nueva construcción, los presentes se sirvieron chicha, cerveza y aguardiente, no sin antes rociar algunas gotas en el suelo, congraciándose con la Pachamama, los “achachilas” y los “apus”.

Antes de que la “k’oa” dejara de arder, los albañiles se levantaron y vertieron chicha, vino de “ch’alla” y alcohol blanco en las esquinas de las zanjas, donde estarían las zapatas y los pilares del nuevo edificio. Los dueños de casa, por su parte, arrojaron serpentinas y confites sobre las herramientas y los materiales de construcción.

Al final, los oferentes, convencidos de que sólo quien da puede recibir, brindaron con cerveza y chicha, mientras se servían un asado de chancho, con “llajwa”, mote y papas blancas.

Pasado el mediodía, la “ch’alla” estaba concluida. El “yatiri” peruano se colgó su “wallqepu” al hombro, se despidió de los presentes y, tras sorber la última copa de chicha, se fue por donde vino….

Esa misma tarde, los albañiles se pusieron manos a la obra, encendieron la maquina mezcladora, en cuyo interior vaciaron los sacos de cemento y, simultáneamente, vertieron la suficiente cantidad de agua y arena. Luego procedieron a la elaboración del mezclado, con el fin de alcanzar un resultado homogéneo de todos los componentes, listo para vaciar el cimiento del edificio.

Mientras esto sucedía en el patio, los dueños de casa se dieron a la tarea de despojarle al aparapita de sus ropas andrajosas, para posteriormente vestirlo con un traje nuevo de bayeta de tierra, camisa de cuello almidonado, corbata con estampas floridas, cinturón de cuero y zapatos de industria italiana; es más, le lavaron la cara, le afeitaron y le peinaron antes de ponerle el sombrero petitero.

El aparapita estaba tan borracho, que no se dio cuenta de nada. No despertó ni siquiera cuando los albañiles y los dueños de casa le sacaron al guanto hasta el patio, donde lo dejaron dormir otro rato, de espaldas y con la cara hacia el sol.

Cuando la mezcla tomó la consistencia necesaria, ésta fue transportada en carretilla hasta uno de los ángulos de noventa grados de la zanja, donde metieron el cuerpo del aparapita, doblado en dos, en una profundidad de aproximadamente un metro y medio de excavación y justo allí donde quedaría empotrada la primera zapata del edificio.

A las pocas horas de haberse realizado el vaciado, junto con las piedras de diferentes tamaños que arrojaron en la zanja, el cemento amasado fraguó con el calor del sol, endureciéndose como un material de consistencia pétrea.

El aparapita, que fue enterrado vivo, no dejó huellas de su existencia, desapareció entre piedras, arena y cemento, como una zapata anclada en el terreno y como si su cuerpo hubiese estado destinado a sostener el peso de la estructura del edificio que, según los presagios del “yatiri”, no se vendría abajo como un castillo de naipes, así fuese embestido por un huracán o sacudido por un terremoto, porque los dioses tutelares del mundo andino quedaron satisfechos con la “ch’alla” y la “k’oa”.

Los albañiles continuaron con la construcción, levantando pilares de cemento y paredes de ladrillos, hasta que, unos meses más tarde, conforme al contrato firmado con los dueños de casa, la obra gruesa y fina estaban terminadas, pero los albañiles, conscientes de que el edificio no sólo era para demostrar el poder económico de los dueños, sino también para que éstos se distingan entre los vecinos, remataron su trabajo con la construcción de un chalet de lujo en la planta alta, donde los dueños de casa “ch’allaron” en grande, con jarana y banda de músicos incluidas, como si la Pachamama estuviese también en la terraza del lujoso edificio.

La fusión de estilos y de materiales tanto nativos como importados, hicieron que el edificio sea el más llamativo de El Alto. En la fachada se emplearon elementos exclusivos, como vidrios polarizados, techos americanos, balcones de estilo barroco y suntuosas decoraciones hechas con colores vivos, piedra laja y mármol alabastrino. Sus caprichosos diseños, que parecían arrancados de los cuadros cubistas y surrealistas, llamaron la atención de los curiosos y se convirtieron en la envidia de los constructores poco acostumbrados a la arquitectura “chola” de la ciudad de El Alto.
En las primeras plantas del edificio, por su tamaño y decorado, se instaló un supermercado y una sala de fiestas, que los dueños alquilaban para la celebración de matrimonios, bautismos, cumpleaños, promociones y, sobre todo, para escurrirles su dinero a los pasantes de las fiestas patronales habidas y por haber. Al fin y al cabo, la costosa construcción de la obra debía retribuirles beneficios y ganancias.
Lo extraño es que, desde el día en que los albañiles entregaron el edificio, las personas que estaban solas en su interior, sea de día o sea de noche, escuchaban pasos sobre los azulejos de los corredores y el eco de un lamento que parecía arrastrarse desde el más allá. Algunos incluso vieron el espectro de un hombre elegantemente vestido, con traje, sombrero y corbata, que abría y cerraba las puertas y ventas de los cuartos.
Los dueños de casa, que escucharon hablar sobre este fenómeno desde que se inauguró el supermercado y la sala de fiestas, estaban convencidos de que se trataba del alma en pena del aparapita, quien abría las puertas y ventanas, con la intención de huir del edificio, aunque no se atrevía por el temor a retornar a su vida anterior, que le deparó más penas que alegrías. Tal vez por eso prefería estar condenado dentro del edificio, que volver a la intemperie como un perro sin dueño.
Así es como el aparapita, que todavía aparece y desaparece misteriosamente ante los ojos de la gente, sigue dando mucho que hablar entre los habitantes de la urbe alteña, donde todos sospechan que los dueños de casa lo sacrificaron en honor a la Pachamama, motivados por la creencia de que un edificio de gran envergadura exige el sacrificio de una vida humano para tener un cimiento que resista el peso de la estructura y no se desmorone con el paso de los años.
Glosario
Achachila: Deidad tutelar en la cosmovisión quechua y aymara. Espíritu guardián de un sitio.
Akullico: Boleo con hojas de coca para extraer su jugo estimulante.

Aparapita: Cargador en las ferias o mercados de La Paz.
Apu: Ser sobrenatural andino a quien se paga con diferentes ofrendas.

Ch’akiy: Sed, resaca.

Ch’allar: Brindar. Ceremonia de ofrenda o sacrificio a los dioses de la cosmovisión andina. Celebrar un acontecimiento con coca, cigarrillos y alcohol.

Chola: Mujer mestiza, descendiente de blanco e india o de indio y blanca. Todo lo referente al mestizaje.
Fidius uchu: Ají de fideos.
Jach'a ajayu: Espíritu mayor.
K’oa: Sahumerio. Incienso que se quema en un ritual en honor a la Pachamama. El humo tiene la cualidad de llegar hacia los seres tutelares de la cosmogonía andina.
K’oñichi: Comida guardada y recalentada.
Layqa: Hechicero, brujo, encantador.
Llajwa: Salsa de locoto, tomate, aceite y hierbas aromáticas.

Pachamama: Madre Tierra, divinidad andina.
Sullu: Feto de animales, especialmente de llama.
Tari: Pequeño tejido de lana. Sirve para guardar la coca. El yatiri lo usa para pijchar y leer las hojas de la coca.
Yatiri: Sabio, sacerdote, curandero y consejero de la comunidad andina. Posee dotes excepcionales y domina varias artes, como la adivinación mediante las hojas de coca y el tratamiento de enfermedades con medicinas tradicionales. El yatiri es el único que puede mantener contacto con todos los niveles de la cosmovisión andina.

Wallqipu: Pequeña bolsa de lana usada por los hombres para llevar coca, cigarrillos, lejía y otros enseres relacionados con el oficio del yatiri.