jueves, 4 de octubre de 2012


DOS RELATOS DE CRISPÍN PORTUGAL


Almha, la vengadora / Línea 257


Uno

La luna hecha astilla cayó e hizo temblar sus senos pequeños nevados torrencialmente; pero repletos de ternura, escupió y se frotó rápidamente las manos temblorosas respondiendo innatamente al flujo consanguíneo que circulaba fogosamente por sus venas. Mientras que en un apretado espacio de las graderías de un no más que pequeño anfiteatro se escuchan gritos alargados, achatados, enroscados, atascados en fin, bastante emocionados que con mucho esfuerzo se puede entender: ¡Almha¡ ¡Almha! ¡Almha!

Dos

En estas horas domésticas se dice por ahí que el sol es atacado y después devorado por la luna y las estrellas. Éstas se apoderan del brillo del astro padre que, casi muerto con un poco de descanso, se recupera una y otra vez, así como las caídas del khari khari: dentro del cuadrilátero, fuera del cuadrilátero, debajo del cuadrilátero; a la derecha, a la izquierda, al este, al oeste; en todas partes del escenario que mucha gente un buen tiempo murmuró de ello y hasta algunos transformaron la ´´K´´ del inicio de su nombre adoptado en el ring por una ´´K´´ de K H A I D O R.

¡Veeeeeeeencido! ¡veeeeeeeencido! ¡veeeeeeeencido!... quinientas sesenta y seis veces tuvo que tragarse esta enorme palabra, anestesiado por el dolor y callado por el bullicio. Domingo encima de domingo, domingo tijereteado, domingo planchado, domingo eléctrico, domingo galáctico, domingo volador, domingo quebrado.

Tú y tú como dos

Tembló tu carne al escuchar la voz negra en la tarde, mientras ella con su viento lo nublaba todo con polvareda, dejándonos en la penumbra sin ser noche. Mi cuerpo empezó a absorber la humedad, la tristeza de estas paredes tiesas olor a trago, mareándonos más de lo que habíamos bebido. Me acerqué a ti que te dejabas escapar por la ventana, te veías flotando impulsada por el fuerte ventarrón sin que las venteras, que tiritaban de frío y recogían en sus aguayos sus mercancías, se percatasen de tus cabellos que se enredaban en las rejillas de algunas pasarelas.


Quisiste recorrer la planicie de esta ciudad pero la montaña canosa con el nombre del joven carcomió tu tiempo calculado.


Cerraste los ojos y buscaste en mí un poco de calor, te abracé con fuerza, froté tu espalda y te retorciste. Quise cortar tus cabellos, cuando empezaste a llorar, toque tu mejilla de barro y un gemido eficaz como tu llanto escapó de tus labios: te hacía daño, pues todo tu ser estaba malogrado y al borde del derrumbe; entonces comprendí que nuestro calor se esfumó.

El ámbar de este silencio se ahumó, se vio terriblemente estrujado, mis ojos vidriosos reflejaban el catre, el bacín que sirvió de cenicero, el perchero con cariz de arlequín, el velador donde se desvanecían unas monedas, donde yacen tiesas unas llaves, donde brillan unos sobres nerviosos. Ahí estás tú quitándote la ropa aprisa, segura, decidida, secándote las lágrimas para después meterte en la cama y cubrirte con las frazadas sucias, dejándome un espacio que sin lugar a dudas lo ocuparía.

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